“Camino del exilio, de la muerte, del mar —¿cuántos años se le han cumplido ya a don Antonio desde que prorrumpió en aquel lamento por la muerte de Leonor: «ya estamos solos mi corazón y el mar»?—; camino del mar, en medio de la doliente multitud, menos masa que nunca, más dignamente hombres que nunca en medio del despojo, la derrota, el más cruel dolor, ha de sentir Antonio Machado esa fría respuesta de la nada, el cumplimiento de su mito de la tierra de Alvargonzález; ellos mismos, los que huían, eran ya la sombra errante de la sombra de Caín. «El poeta —cuenta Waldo Frank— casi inválido en el seno del cuerpo doloroso de su pueblo, sostenido por su madre…»; y, a su vez, Corpus Barga relata que en llegando ya a Collioure, un amigo hubo de llevar a su madre en brazos, mientras la viejecita iba diciendo: «¿llegaremos pronto a Sevilla?». Y si, iban a llegar enseguida a Sevilla… y al mar. Pues allí, en Collioure, hay un punto del arder del pensar de Antonio Machado que parece devolvernos íntegra la gran sombra florecida que es su poesía, y ese punto clave ha sido siempre para mí su último verso, encontrado en uno de los bolsillos del gabán del poeta:


Estos días azules y este sol de la infancia

Donde acaba el pobre río y la inmensa mar le espera, encuentra Machado, y nos hace reencontrar a nosotros, el sentido de su memoria, que si es despojamiento es también una recuperación, un rescate.”

Juan de Mairena; Antonio Machado. Extracto del prólogo a cargo de Alfonso Guerra. Editorial Bibliotex: Barcelona, 2001.

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