Por lo que sabemos de su vida, tanto a través de los relatos de sus contemporáneos como de su copiosa correspondencia y Diario íntimo, el Benjamin Constant maduro no fue muy diferente del joven que aparece retratado aquí. Impulsivo, ingenuo, caprichoso, tímido, temerario, voluble, apasionado, indeciso, decidido, intrigante; en fin, una lista interminable de atributos contradictorios que hicieron de él un personaje singular, adorable para algunos, generalmente algunas, y aborrecible para otros, como suele ser casi siempre el caso de los temperamentos que mezclan la vehemencia con la indolencia en dosis similares. Hombres que, dicho en otras palabras, logran convertir sus peores vicios en sus mejores virtudes. Constant el Inconstante se llamaba a sí mismo con humor, otro rasgo éste de su compleja y contradictoria personalidad. Émile Faguet, en la célebre semblanza que hiciera de él, lo resume todavía mejor: «Un liberal que no es optimista, un escéptico dogmático, un hombre sin ningún sentimiento religioso que se pasa la vida escribiendo sobre la religión, un hombre de moralidad muy laxa que basa todo su sistema político en el respeto a la ley moral; y, además, un hombre de una maravillosa rectitud de pensamiento y una conducta más que dudosa […]”

Fragmento de la introducción de Manuel Arranz.

“El cuaderno rojo”. Benjamin Constant.Traducción de Manuel Arranz.

Ed Periférica, 2007.

 

 

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