Dice don Gregorio Chil y Naranjo, en sus «Estudios históricos, climatológicos y patológicos de las Islas Canarias» (1876), que se decía que al pie de la montaña Cardones estaba la sepultura del gigante Mahán, que medía 22 pies de largo. Y el sabio — porque este sí que era sabio y concienzudo, lo que no quiere decir consciente—, agregaba: «Yo no negaré que bien pudo existir una sepultura de esas dimensiones; pero de esto a que el esqueleto que allí yaciera hubiese alcanzado esta estatura colosal, hay una enorme distancia, difícil de salvar, a menos que esos mismos historiadores —se refiere entre otros a los señores Abreu y Galindo y Martín y Cubas— se hubiese convencido de ello por el testimonio de su vista». Esto sí que es de un sabio.

Dibujo
Montaña del Cardón. Fuerteventura.

Pero vino don Quijote, que no era un sabio —la sabiduría se la dejaba a Merlín—, vino montado en camello, y fue al pie de la montaña Cardones, tan pelada entonces como hoy lo está, y miró con los ojos de la cueva de Montesinos, ojos de lechuza o minervinos de los que ven en los oscuro y ciegan en lo claro; y, ¿qué vio? Pues vio que el esqueleto del gigante Mahán medía, en efecto, los veintidós pies y aun más. La que no los medía era la sepultura. Esta era del tamaño ordinario de la de un -—majoreros son los de Fuerteventura de nuestros tiempos de ahora-—. Y vio más Don Quijote, con sus ojos de la cueva de Montesinos: vio que toda esta isla maravillosa de Fuerteventura está formada por esqueletos de antiquísimos gigantes guanches, y que en los esqueletos, en las áridas osamentas de estos gigantes, están cavadas las sepulturas de los españoles que hoy duermen aquí, brizados por este mar dormido, el dulce y sabroso y soporoso sueño sin despertar. Y vio Don Quijote cómo las ovejas lamían las piedras para sacarles la sangre de aquellos gigantes y cómo buscaban las raicillas de los yerbajos secos al pie de un triste tarahal, que es aquí algo como la retama que cantó Leopardi”.

 

Miguel de UnamunoFuerteventura. 

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