Es un hecho probado —dado que el notario y el cura, personas dignas de crédito, han dado testimonio— que Alonso Quijano el Bueno, más conocido con el nombre de Don Quijote, murió naturalmente en su lecho, después de haber legado sus bienes, muebles e inmuebles a su sobrina Antonia.Por el contrario, se ignora todavía cómo murió Sancho Panza. Incluso el prudente Cide Hamete Benengeli mantiene silencio sobre los acontecimientos que marcaron los últimos días de este escudero fiel.

Pese al carácter apócrifo de los únicos documentos que poseemos al respecto, no podemos hacer más que confiarlos a la curiosidad del lector benevolente.

Sería un error creer que Sancho Panza permaneció insensible al fallecimiento del caballero su señor. Sería falso, no obstante, pensar que no fuese completamente dichoso, después de tantas aventuras, entre su mujer Teresa, su hija Sanchica y su burro. Por lo que, durante varios días, en vano,  intentó ponderar qué parte debía a la tristeza y cuál correspondía a su alegría. Entre los muchos proverbios que hasta ese momento, se habían tornado, para bien o para mal, en sabiduría, ninguno parecía ofrecerle la fórmula definitiva capaz de devolverle la serenidad. Pero con el tiempo que gasta los pesares y a la larga, hace de la felicidad una costumbre parecida a otras, Sancho recobró su estado normal, es decir, exento de emociones inútiles. Retomó una a una sus tareas del campo. Supo olvidar sus errores pasados. A partir de entonces, se le contó entre el numeroso grupo de personas que se confían a Dios y al Rey para el restablecimiento de la justicia sobre la tierra, y a la Santa Hermandad que mantiene el buen orden entre los hombres. De resto, no le debía nada a nadie. Los hábitos regulares, una sana alimentación, la ausencia de preocupaciones, favorecieron la dicha de su fisonomía como el desarrollo de su salud física y moral.

Los días de fiesta, acudía a presentarle sus respetos a Antonia Quijano, enflaquecida y vestida de luto, que soltera vivía con el ama de llaves de su tío, en la antigua y fría casa donde algunas ventanas permanecieron cerradas para siempre. Por la tarde, al regresar de los campos, se detenía en el cementerio para persignarse junto la tumba del difunto. Pero no se entretenía demasiado en aquellos lugares donde la sombra entristecía su pensamiento.

—Marido—le decía Teresa, de vez en cuando—. ¿Cuándo piensas emplear las coronas de oro traídas en tu último viaje para levantar un piso a nuestra casa?

—Mujer— respondía Sancho— Toledo no se construyó en un día y el pájaro carpintero de Sierra Morena poco a poco construye su nido. Además, como suele decirse, más vale abundancia bajo techo de paja que miseria bajo alfarje.

—Padre— le decía algunas veces su hija—. ¿Cuándo  piensa usted prometerme a mi primo Pedro?

—Sanchica— le respondía Sancho—. No te preocupes por ese asunto. Cada cual halla siempre calzado para su pie y gorra para su testa. Tu primo Pedro no tiene más que cuatro maravedís de patrimonio, mientras que el hijo de nuestro vecino el curtidor, a pesar del rojo de sus cabellos, será mejor partido tan pronto reciba la herencia de su tío el posadero. A marido puesto, mi hija, no se le mira el color del pelo.

Cuando no había persona con la que departir, Sancho se dirigía a su asno. Le hablaba a corazón abierto, como a sí mismo, seguro de ser comprendido. Él solo hacía todos los esfuerzos de la conversación como le placía, pues no le agradaba le llevaran la contraria.

—Mi burro— le decía—. No eres más que un rucio y tu silla de montar no es más que una albarda. Escucha los consejos que me dicta la experiencia: los molinos de vientos tienen tejados y no cascos de acero. Sus  alas (más útiles que las de los pájaros) no son brazos amenazantes sino que giran con el viento propicio. Su corazón está formado de una piedra dura que muele el trigo hasta reducirlo en esa harina con la que se amasa el pan que comemos. Ten en cuenta esto: como en verdad dos y dos son cuatro. Un rebaño no es un ejército enemigo, una paisana no posee nada de princesa, una bacía de barbero debe guardar su destino y todo malhechor merece las galeras.

En fin, debido a su espíritu razonable, Sancho pareció granjearse el respeto de los encantadores quienes, con frecuencia, habían maltratado a Don Quijote. Los días se sucedían, parecidos a las pequeñas olas del mar que en total calma refleja el cielo despejado.

Llegado el momento oportuno,  su casa ganó una altura. Su hija hizo buen matrimonio. Su mujer perdió todo sombra de celos. Solo su borrico faltó a su amistad, pues se le encontró muerto una mañana en el establo. Los historiadores han olvidado dar el nombre de este personaje mudo. Sin duda era suficiente, para la posteridad, ser “el burro de Sancho”. Pero su dueño quien lo lloró, no pudo jamás remplazarlo. A su sucesor le daba por sacudir las orejas, como para espantar las moscas, en cuanto aquel le hablaba con seriedad.

 

Cuando Sancho Panza envejeció, abandonó el arado para no salir apenas de su casa. Colocó un banco de madera delante de su puerta, a la vera del camino, sin más ocupación que ver pasar a los hombres, las bestias y los carros. Su corpulencia lo hacía majestuoso. Al razonar, equivocaba las palabras y era frecuente se olvidara de terminar las frases. Pero, a la vista de sus cabellos blancos, todo el mundo le escuchaba con respeto.

Rememoraba entonces —no sin cierta vanidad— que antaño había gobernado una isla, nunca supo dónde.

Una noche de verano, el chirriar de los grillos le mantenía con los ojos abiertos. Salió al umbral. La luna se veía sobre los árboles. Brillaba en un esplendor amarillo, desportillada como el yelmo de Mambrino.

Sancho volvió a entrar, prendió el candil, abrió un arcón. Tomó, para vestirla, la túnica estampada de bocací pintada de llamas que se había puesto en la casa del duque, cuando volvió en sí la bella Altisidora. Se colocó también la mitra puntiaguda recargada de diablos. Tras esto, salió campo traviesa tropezándose con las piedras, y penetró hasta el corazón del bosque. Allí, se tumbó al pie de un alcornoque. Los sonidos nocturnos le hacían temblar de miedo y de alegría.

—Que vuesa merced duerma tranquila bajo su armadura —dijo antes de dormirse—. He atado a Rocinante para que pueda pacer a su gusto sin alejarse.

Al alba, el piar de los pájaros le despertaron; un resplandor rojo se filtraba entre los troncos de los árboles. Un cabrero, en la llanura, reunía al rebaño tocando la corneta.

—El sonido del cuerno, señor caballero de la Triste Figura— gritó Sancho—. Creo que se nos presenta una nueva aventura, una muy nueva aventura.

Después de esto, volvió a derrumbarse sobre la hierba. Todo hace creer que murió sin sufrimiento, pues al fin había conocido la sabiduría.

 

Jean de la Ville de Mirmont.

 

Traducción: Yolanda Delgado. “La mort de Sancho” (original)

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