El otro día le conté a mi amigo que tenía una aventura. “Ya veo. Tienes un problema de corbatas”, me soltó. No entendí a qué venía aquel comentario, pero mi amigo tiene esas cosas. Además, estaba deseando hablarle de mi affaire. Con atolondrado apetito comencé a describirle a la mujer que había entrado, primero en mis pantalones, y una semana después, en mi corazón. “Pues la jodiste”. Me apresuré a aclararle que mi relación era algo más que sexo. “Ya”, comentó en alemán. Se la describí con objetividad: cara bonita, alta, cuerpo de Venus, inteligente, risueña, apasionada… Tras una docena de adjetivos, mi amigo me pidió que no me cansara, que podía hacerse una idea aproximada de la criaturita. Que entendía que, después de Judy Garland y mi novia, no existían mujeres más bellas sobre la faz de la tierra. ¿Judy Garland?, le pregunté sin esperar respuesta. En fin, cada uno tiene lo suyo y yo decidí seguir con lo mío en ese momento. Le expliqué que nos habíamos conocido en la galería de arte… “¿Dónde dices que está esa galería? Tendré que echar un vistazo”.

Le conté que era estudiante de Artes, algo que pareció disgustarle profundamente aunque se abstuvo de hacer comentario, dejándome hablar a mis anchas. Cuando acabara la carrera, eso sería dentro de cuatro años, quería viajar por Europa y probar suerte en Italia. Le dije la edad de mi ninfa amada y él amenazó con denunciarme a la policía. Un poco más calmado, optó por pasarme una tarjeta de un psiquiatra de total confianza. Me sentí herido con sus insinuaciones y me puse a la defensiva. La chica era mayor de edad y de sobra sabía lo que se hacía. De hecho, había pasado por otras muchas relaciones. A mi amigo se le crisparon los músculos del rostro. “Entonces tu estudiante es una artista de compañía. ¡Es más grave de lo que pensaba!”. Sacó el móvil e insistió en que marcara en ese mismo momento el número de ese psiquiatra quien a su vez podría recomendarme un médico de venéreas. ¿De dónde había sacado tamaña conclusión? En seguida enmendé su error. Aquel día, mi querido profesor emérito de lengua rusa andaba tardo de entendederas y bastante impertinente, por cierto. Que yo sepa, a la hora de contar las cosas soy bastante claro. Molesto y decepcionado me quedé un buen rato callado. Lamenté haberme confiado a corazón abierto.

Aprovechando el impasse, pidió otro par de ginebras con tónica. Le rondaba algo por la cabeza, pero dudaba si se decidiría a compartirlo. “Perdóname”, dijo y esta vez sin el menor rastro de ironía. “No era mi intención herirte ni mucho menos. Me has hecho recordar, como si fuera un mal sueño, la última vez que engañé a mi mujer. Me llegué a enamorar de otra como parece que lo estás tú. ¿A qué mono no le gusta coquetear en una jungla llena de hembras? No sé cómo, pero mi mujer acabó por enterarse. Los hombres, en lo de mentir a nuestras esposas, vamos siempre dos pasos por detrás. Nunca mencionó el tema hasta que una mañana en la que yo me vestía para ir a la universidad, fui al corbatero y con desagradable sorpresa descubrí que todas mis corbatas estaban destrozadas. De muy mal café, le pregunté qué demonios había pasado. Entonces me contestó: Estoy trabajando el campo de la expresión. Ya sabes: texturas, colores, sonidos, tiempo, materiales, emociones… Como anoche, que no podía pegar ojo, se me ocurrió hacer esto que los artistas modernos llaman instalación. Con las tijeras fui cortando una a una tus maravillosas corbatas justo por la mitad. Pensé que si experimentabas algo así como un shock visual, podrías entender cómo me siento. Créeme, muchacho—dijo, y llevándose la mano al cuello,  aflojó con alivio el nudo de la tela—, el mensaje me quedó claro como el agua”.

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