Esa noche discutimos. Los motivos de nuestras peleas eran tan viejos como nosotros. Decidí hacer un poco de café para suavizar la situación. A él le gustaba mi manera de prepararlo. Cuando estuvo listo, lo llamé y nos sentamos a la mesa. Reapareció entonces la voz carnosa de Billie Holiday que había enmudecido mientras nos decíamos palabras amargas.  Le serví una taza de café solo. La leche no la podía ver ni en pintura. Yo en cambio, adoro el café con leche. Comprobamos que apenas quedaba azúcar. Él acercó solícito el azucarero hacia mí. “Toda tuya”, dijo. “No, no me importa. Para ti. De veras que puedo tomarlo tal cual”.  Me lo agradeció con una sonrisa. Apurando mucho, se hizo con una cucharilla rasa que fue vertiendo despacio en su café. “Es como el tiempo”, dijo. Me tomó de la muñeca y con la otra mano, se llevó la taza a los labios. Las canciones de nuestra cantante preferida nos mecían en una noche cálida.  Él me buscó. Mi boca rozó la suya, mis manos viajaron por su rostro, y las suyas buscaron territorios profundos.  Las disputas las arreglábamos en la cama, el sexo nos ayudaba a desarmarnos de razones, a encontrarnos de nuevo. “Tendremos todo el tiempo por delante”, le susurré en la oreja. Parecía no escucharme. Continuó abriendo senderos con sus labios hasta que al cabo de un rato se acomodó junto a mí. “Ya no tengo fuerzas”, confesó. En su voz había una hiriente tristeza. “No tengo fuerzas. Tienes que aceptarlo de una vez. No tengo fuerzas. Tú, en cambio, sigues siendo la misma chica de la facultad de la que me enamoré. Te siento tan llena de vida…”

Cuando desperté, él se había disuelto como la noche. No, precisamente ahora no, me lamenté con rabia. Busqué su vieja almohada para poder desahogar las lágrimas. De pronto, se me ocurrió algo que podría funcionar. Salté de la cama, me puse lo primero que encontré y me eché a la calle dispuesta a conseguir  la forma de retenerlo para siempre.  La próxima vez estaría preparada. Entré en la tienda de ultramarinos. Cogí todos los paquetes que encontré en la estantería. Cuando salí, cargaba tantos quilos como para aguantar otros diez años, por lo menos. “Tendremos todo el tiempo por delante. Ya verás,  me dije desafiante. A partir de hoy, no faltará azúcar en casa”.

 

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