Desde niña me ha gustado escuchar las conversaciones de otros. No lo considero un defecto, al contrario, resulta una costumbre enriquecedora para entender mejor nuestra especie, que algunas veces olvido cuál es.

Cierto día acudí a la Casa de América. Se presentaba un libro de Augusto Monterroso titulado: La vaca. Desde la tercera fila del anfiteatro me pareció adivinar que el maestro del relato breve, fallecido hace ya catorce años, era un hombre tímido, pero dotado de esa ironía de las personas inteligentes que siempre llevan gafas.

Tras una hora de palabrería simpática, casi siempre de parte del presentador, la sesión de tarde terminó con un aplauso caluroso. Lo mínimo que se espera de un público que no paga entrada y al que se le invita a canapés. Hablamos de una época en la que había  “canaperos” profesionales, archiconocidos en todo Madrid.

Yo me quedé un buen rato rezagada en mi asiento, observando a la marabunta que se volcaba con y sobre el escritor, peleándose por conseguir un autógrafo personalizado.

En medio de aquel tumulto, observé a una señora que avanzaba hacia el estrado, dando cornadas a diestro y siniestro y no paró hasta que sus ojos bovinos se situaron frente al escritor. Maestro —escuché que decía—. Cuánto me está gustando su relato del dinosaurio. ¡Casi, casi me lo he terminado!

Cuando desperté (del asombro), la devota lectora todavía estaba allí.

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