¿Quién ha visto la rabia cabalgando por las montañas? ¿Quién ha conocido la rabia marchando en la tormenta? ¿Quién ha enloquecido de rabia en su juventud? ¿Quién no ha tenido descanso, o paz, o certidumbre por culpa de la rabia? ¿Quién ha sido arrastrado a través de la tierra por la rabia hasta que la vid poderosa del corazón estuviese rota; arrancados los tendones, retorcida, estrujada, agotada, roída, consumida la débil envoltura de hueso, sangre, médula, cerebro y pasión en que la desmedida rabia se encolerizaba? ¿Quién ha sido arrastrado por esa rabia que no podía abandonar ni rechazar? ¿Quién ha conocido la rabia, tal y como ella aparecía?

¿Cómo es que hemos respirado, devorado, bebido la rabia hasta las heces, hasta tenerla incrustada en nosotros y no poder abandonarla en ningún sitio al que vayamos? Es un gusano extraño y sutil que se alimentará para siempre de nuestro corazón. Es una locura que taladra el cerebro, un alimento que aumenta el apetito, un demonio que se agita en los conductos de nuestra sangre, un espectro incansable, tenebroso e indómito, que se mueve incesantemente en nuestra alma, y está ahora galopando, montado sobre nuestras vidas, picando las espuelas de su insaciable deseo en nuestros flancos desamparados y desnudos; es nuestro dueño, nuestro señor, el tirano loco y cruel que nos espolea siempre hacia el túnel ciego y brutal de días caleidoscópicos, al final del cual no hay más que la boca tenebrosa del foso, y oscuridad, y nada más.

Thomas Wolfe. Del tiempo y el río. Traducción: Maruja Gómez Segalés. Ed. Piel de Zapa, 2013.

 

 

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