“Sabía que había muerto durante la guerra en una cámara de gas, ejecutado por ser judío, con su mujer y sus dos hijos, que creo que por aquel entonces tenían quince y dieciséis años. Pero hasta 1956 no me enteré de un detalle especialmente indignante sobre su trágico fin. En aquella época yo era agregado de Asuntos exteriores en Bolivia. Volví a París para recibir el Premio Goncourt por una novela que acababa de publicar, Les racimes du ciel. Entre las cartas que me llegaron en tales circunstancias, había una que me ofrecía detalles sobre la muerte de aquel a quien había conocido tan poco.
En absoluto había muerto en la cámara de gas, como me habían dicho. Había muerto de miedo, camino del suplicio, a varios pasos de la entrada. La persona que me escribía la carta había sido el encargado de la puerta, el recepcionista, no sé cómo llamarlo ni cuál es el título oficial que detentaba. En su carta, que sin duda me escribió para complacerme, me decía que mi padre no había llegado a la cámara de gas, sino que había caído tieso, muerto de miedo, antes de entrar.


Permanecí mucho rato con la carta en las manos; después salí a la escalera de la NRF (grupo editorial), me apoyé en la barandilla y me quedé allí, no sé cuánto tiempo, con mi traje cortado de Londres, mi título de agregado de Asuntos Exteriores de Francia, mi cruz de La Liberación, mi condecoración de la Legión de Honor y mi Premio Goncourt.

Tuve suerte: en aquel momento pasó por allí Albert Camus y, al darse cuenta de que me sentía indispuesto me llevó a su despacho.
El hombre que había muerto así no dejaba de ser un extraño, pero aquel día se convirtió en mi padre para siempre”.

ROMAIN GARY. La promesa del Alba. Traducción: Noemi Sobregues Arias.
Random House,  1997.
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