GUILLERMO CABRERA INFANTE

Censor n.1, persona autorizada a examinar publicaciones, representaciones teatrales, filmes y cartas para suprimir en todo o en parte, lo que considera obsceno, inaceptable políticamente, etc. (Collins, diccionario inglés.

 

Censor tiene la misma raíz latina que censo (de población o político), que quiere decir calibrar, pulsar. Ésta es mera etimología. Lo que es interesante en el exergo inglés es que Collins, fabricante del diccionario más vendido hecho en Inglaterra (el diccionario Oxford es más fama que lana), considera sólo dos clases de censura: la moral, es decir, sexual, y la política. No entra en los supuestos ingleses actuales que exista una censura religiosa. Pero en España es otro cantar. O era otro cantar, tan remoto como el del mío Cid. Sin embargo, lector librepensador, este libro que tienes entre las manos con la intención de comprarlo, pedirlo prestado o leerlo gratis ha sido sometido, en su publicación española de 1967, a toda clase de censura y su censor lo consideró en su día obsceno, moralmente objetable y políticamente condenable. TTT, como se debe escribir su nombre para aquellos que no pueden pronunciar el trabalenguas que dio origen a su título, ha sido todas estas cosas a la vez. Sin embargo, no es un libro como aquellos que entusiasmaban tanto a Juan Jacobo Rosseau como para leerlos con una sola mano. Tampoco es un tractatus contra Roma ni una condena de Moscú. De hecho no hay libro más apolítico -que es lo que lo ha hecho tan político. Es un libro censurado en una parte del globo y prohibido en otras simplemente porque su autor, y no el libro, está en el Index Prohibi-torum Authorum. Mi vida es la historia de la pelea de un escritor contra los censores. Mi libro, como prometía y nunca cumplió Isadora Duncan, es mi vida. Pero mi vida no es mi libro y no deben tomarse las diversas voces cubanas que lo integran como la mía propia. Pero mis censores pensaban, piensan todavía, otra cosa. Déjenme hablarles entonces de uno de mis censores menos objetables, aquel que yo llamé, parodiando uno de los títulos más masoquistas imaginables: «Mi querido asesino», en su versión sadista:

MI QUERIDO CENSOR

Vino mi traductor, como Teseo a matar al Minotauro, a trajinar por los densos vericuetos de Tres tristes tigres, en su traducción, que es recorrer el laberinto. La bestia del autor debe ser también Ariadna y ofrecer a este extraño (todos los traductores son por fuerza extranjeros) el hilo conductor que lo llevará al meollo, a ese lecho central donde duerme el animal de la creación. El autor es también Dédalo y hasta su hijo Ícaro, porque la inocencia ayuda a la construcción de laberintos literarios. A mí, que sólo me interesan las imágenes que se mueven, que he llegado a animar fotografías, dibujos y grabados, me conmueve mucho una obra maestra del arte flamenco, Ícaro caído, se llama, y lo hizo Brueghel, y es una lección de adónde se va a parar cuando se vuela demasiado alto: abajo, bien abajo. Un traductor es como un corrector de vuelo, mientras que el censor es un soldado, anónimo, con una antiaérea a su antojo. Pero hablemos primero del traductor y del autor.

Estaremos en esta tarea de Teseo por penetrar el laberinto durante una semana larga en la que mis TTT se transformarán definitivamente en Drei traurige Tigren. Intriga ver cómo la novela se va convirtiendo en otro libro, al hacerse su protagonista, el español, otra cosa: un ersatz, palabra tan alemana como Goethe. Sin embargo su tema central sigue siendo el lenguaje. El alemán es de hecho el idioma occidental más alejado (y exactamente más ajeno, más extraño) del español. (El ruso, en el extremo del espectro, resulta un idioma oriental, de ahí que Marx en ruso resulte alienante).

Pero no he venido a hablar de la traducción como traición sino a participarles de una advertencia del traductor. Herr Wilfried Böhringer habla un español perfecto, con acento peruano, de manera que aun sus erres duras se pueden tomar por una contaminación del quechua. Herr Böhringer (un hombre joven que domina varios idiomas) es muy meticuloso. Con un absoluto dominio del detalle que resulta francamente minucioso, su traducción toma en cuenta no sólo cada palabra y cada frase y sus cadencias y cada juego, sino cada oración, cada letra, cada signo. Para él literalmente es literariamente: todo se traduce. Es de mis traductores el único que ha decidido que una versión del libro es apenas suficiente. Sin embargo, nunca oí que dijera, como mi escrupuloso traductor francés, «C’est ne pas français» para que yo siempre dijera: «Tampoco es español». Herr Böhringer, que se convierte en Willy según pasan las palabras, me advierte y yo presto atención enseguida: «Aquí falta algo». No sé qué puede ser pero cuando me aclara que faltan porciones al libro, que están sin embargo en las versiones inglesas y francesas, como un pobre recuerdo, le digo que son los pasajes perdidos y tengo que explicarle por qué no están en la edición española. Son mi Proust valía.

Cuando Tres tristes tigres ganó el prestigioso (éste es un adjetivo homérico: todos los premios son prestigiosos) Premio Biblioteca Breve de Seix Barral yo era un diplomático cubano estacionado en Bruselas. En 1965 regresé a Cuba abruptamente a los funerales de mi madre. Con un tacto que aprendió de la KGB, la Seguridad del Estado cubana me obligó a bajar del avión de regreso a Bélgica y luego a una residencia forzosa en La Habana que duró lo que dura la eternidad. Para salir de Cuba, ahora al exilio, tuve que usar los proverbiales silencio y astucia de Joyce. Una de las argucias que empleé tenía la forma de una carta que me envió mi editor español Carlos Barral. Decía él que mi libro, que entonces se llamaba Vista del amanecer en el trópico, requería mi presencia en Barcelona (que desde Cuba se veía como una ciudad menos franquista que Madrid, aunque franquismo y fidelismo compartían algo más que la intimidad de las efes) para corregir pruebas. Más que corregir yo debía corroer pruebas. Ya desde La Habana, cuando decidí mi exilio, había decidido también reformar mi libro. Traía el título original, Tres tristes tigres, y muchos capítulos reescritos cuando no escritos del todo. Al llegar a Madrid, gran golpe de suerte, supe que la censura española había prohibido mi libro in toto. Barral me confesó que no había otro recurso que rescribir el libro, cambiarle el título y presentarlo de nuevo a Censura. La alternativa sería publicar el original en México y dejar que cayera en el olvido, ya que entre México y España se interpone, se impone, inmensa, la mar. Palabra de poeta.

Comencé a trabajar con fervorosa intensidad (frase o fase homérica) en la rescritura y conversión total de Vista del amanecer en el trópico, título irónico, en Tres tristes tigres de palabras. Vivíamos (Miriam Gómez, mis hijas y yo) en Batalla del Salado, que en cubano quiere decir la guerra del desdichado contra la mala suerte. Dirección, detrás de la estación de Atocha, que resultó una premonición. La tarea de rescribir el libro comportaba una labor que es siempre un trabajo de Hércules: eliminar lo malo y dejar lo bueno. O al revés. Recuerdo que el libro original (una manera de decir) se quedó en unas 120 páginas y que el otro tomo tenía al final más de 450 páginas, por lo que debí escribir unas trescientas páginas nuevas. Es decir, era un libro que era y no era un libro nuevo. Cuando decidí llevar el pesado manuscrito a Seix Barral lo traje conmigo en Talgo. Entonces, abril de 1966, un billete de tren a Barcelona costaba menos que fotocopiar todo el manuscrito y enviarlo por correo. Lo dejé en buenas manos. Pero, duda, ¿lo eran?

A mi regreso a Madrid, en el mismo compartimento lleno de gente joven, una pasajera linda leía lúcida a Leduc, que era entonces lectura femenina obligada en Francia. Ella leía en francés y parecía francesa. El Holmes en mí dedujo que debía ser francesa. Miré tan intensamente la portada del libro tratando de parecer que no miraba a aquella versión bella de Françoise Sagan, que de pronto me encontré con que ella me estaba mirando intrigada. ¿Encuentro de dos culturas? «Je la connais», le dije en mi mejor pronunciación que iba a ser la peor para ella. «A moi?» No me había equivocado: era francesa. «No, a la autora», le dije. Pobre Violet Leduc, más olvidada ahora que su arquitecto homónimo. Pero poseía una suerte de inmortalidad wildeana: «Es una de las mujeres más feas que he visto». Se sonrió, se rió. Su belleza abolía su feminismo. Puesto el libro a un lado, cenamos entre turistas alemanes, enormes como elefantes blancos. Más tarde busqué un compartimento vacío más para el ser que para la nada. Lo encontré: la recompensa del bueno. Hicimos cosas que no estaban en mi manuscrito, que no estarían en mi libro, por el vaivén del tren. Según Borges, en su elogio de la censura, no es obsceno el acto sino el relato. No diré nada.

Veinte años después la censura sigue indeleble en Tres tristes tigres. La editorial, altruista que es, hace rato que decidió seguir imprimiendo el mismo libro publicado en 1967, aunque cada día se hace más difícil su lectura. No por el texto sino por la impresión. Desde 1976, en que trabajé con Fabrizio Mondadori en la edición italiana, no había vuelto a ver mi libro de cerca, mucho menos leerlo. Ahora las mordidas de la censura («Son veintidós»), según me anunció Barral de Barcelona a Londres. «Creo que debes aceptarlo. Es eso o mortis» -por un tiempo pensé que quería decir in artículo mortis: la muerte de mi libro. Pero decía la Editorial Mortiz de México, a donde iban a parar los cadáveres esquizoides de Seix Barral para ser enterrados al otro lado de la frontera: la muerte o la muerte. Los cortes censoriales volvieron a surgir de entre los muertos. Conté a mi traductor alemán qué eran, cuántos eran. Afortunadamente yo mismo los había restituido a la versión americana. Pero la censura es una cosa muy persistente.

Mi censor tenía una magnífica obsesión. ¿O eran dos obsesiones de una misma zona carnal? Cada vez que yo ponía tetas, palabra aceptada por la Academia y su diccionario («pezón del pecho»), mi obseso censor la eliminaba y ponía senos, con lo que daba sinusitis a mis hembras turgentes. A veces, cuando las tetas eran prominentes o deletéreas a un personaje, las sustituía por puntos suspensivos. Las tetas originales (y a veces virginales) se hacían alarde tipográfico, los puntos suspensivos convertidos en suspenso. ¿Ve usted los pezones del pecho debajo de esos puntos? ¿Los ve? No los ve. Las tetas a la linterna. En su sana obsesión el censor llegó a suprimir pasajes enteros en un bosque carnal y en una ocasión fueron veinte líneas seguidas que ahora hacían del párrafo un escándalo narrativo. ¿De qué constaría la porción? J’ecoute. De tetas, ¿de qué iba a ir? La censura se hizo cesura, cirugía nada estética. Es tética.

Otra obsesión censual del burócrata de los besos eran los militares y Dios. En ese orden. Una vez una revelación inoportuna dejó ver que un personaje, que luego resultaría homosexual renuente, había estudiado para su tentación en una academia militar habanera. En el libro impreso el adjetivo militar desapareció como por ensalmo de Anselmo (ojo: este no es el nombre del censor) y ahora el pobre pederasta estudia para siempre en una academia, de platónico que era. En una de las parodias trotskistas el incauto Trotsky era asesinado con «arma deicida empleando». El censor estimó que deicida recordaba demasiado a Dios con mayúscula y nadie, ni siquiera el enviado de Stalin, podía matar al Señor. Las alusiones religiosas (Nietzsche ha muerto) no eran menos culpables que las militares o sexuales: hostias como medallas.

Al final del libro, en su monólogo demente, una loca sentada en un parque habanero al mediodía (el infierno en el infierno) achaca su mal a los católicos. También a los protestantes y creo que hasta a los musulmanes. El buen censor eliminó veinte líneas de monólogo maníaco, pero dejó la última frase del libro, como un descanso al lector, al autor o a sí mismo. Dice en español (y en otras lenguas) la que es ahora la última línea del libro: «ya no se puede más». Cuando mi editor americano me preguntó si no quería restituir también todas las líneas que iban, como quien dice, después del final, le dije que no, que ésa era la mejor labor de edición que había visto nunca: mi censor convertido finalmente en un creador. ¡Ah mi querido censor! Cuánto me habría gustado conocerlo, usted que es mi hermano, mi semejante, mi hipócrita lector. Después de todo, los dos hemos escrito el mismo libro.

 

 

Anuncios