Llevo cuarenta y tres años escuchando la perorata de mi madre. El mismo tiempo que soporto los gritos de mi hermana gemela. Treinta años prestando el hombro a mi mejor amiga. Veinte años atenta a la verborrea de mi esposo; y trece, a la de su hijo. En abril próximo se cumplirán diez años oyendo las mismas sandeces de mi jefe y de los compañeros de oficina. A este guirigay sumo la matraca de la vecina, del conductor de la línea dieciséis, la voz chillona de la frutera, las quejas continuadas del portero, del carnicero y de la farmacéutica. Después de un buen rato haciendo recuento, he incluido además los ladridos exigentes de Mico.

Hace un mes fui a la embajada del país de la Suprema Felicidad y formalicé una solicitud explicando mi situación y pidiendo asilo político.

Hoy ha llegado un mensajero con un paquete. No entiendo a cuento de qué la embajada me envía cien pares de tapones para los oídos. Me acercaré mañana. Seguro que se trata de un error burocrático.

Anuncios