En ese preciso momento, Jack engulle su segundo Big Mac, un avión despega y otro aterriza en el aeropuerto de Changi, Ana está a punto  de romper con su novio en una céntrica cafetería donde Juan se toma un café y lee el Marca, Agnes vende su sexto Smartphone en el Olympia-Einkaufszentrum, Ahmed se inscribe en una oferta de Linkedin, Mamadou busca pareja en Meetic y Mew contempla extasiada los rascacielos de Dubai, el personaje de nuestra historia se dispone a levantarse de su escritorio ubicado en la segunda planta del periódico La Verdad.

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Los cuatro días en Tel Aviv donde ha podido presenciar la final del campeonato de Europa Individual Absoluto de Ajedrez, forman ya parte del álbum de anécdotas excepcionales que algún día contará a sus hijos cuando sus espermatozoides consigan llegar más lejos que ahora. Con veintiocho años, le resulta todavía precipitado ocuparse de un tema tan descendente.  En Israel, la victoria del ruso de veintidós años Pavel Kedyrov fue digna de los dioses. Incluso las máquinas no pudieron prever cuál sería su última jugada maestra contra el japonés Shoshei Miramuro, quinto campeón del mundo y quien aventajaba al joven de Volvogrado en casi 100 puntos.

Impulsado por una energía desconocida en su carácter, como diría el psicólogo al que confió su personalidad y una cuenta bancaria frágiles, este hijo de madre soltera y pluriempleada de origen polaco, que a duras penas había conseguido sacar adelante a un chaval espigado e introvertido, se encontraba en una especie de guerra fría contra el mundo. Harto de que su trabajo no fuera tomado en serio por sus colegas del periódico, harto de no poder permitirse comprar un par de pantalones en Diesel.com y no digamos una chaqueta de Armani; harto de tener sexo solitario los domingos porque su novia prepara oposiciones, harto no ya de preguntarse por qué había nacido ―cuestión que fastidió sus años adolescentes―,  sino la razón por la que cada día debía levantarse a la hora de los gallos para llegar agotado al periódico a las ocho en punto, después de cruzarse la ciudad entera a bordo de todos los transportes públicos disponibles.

Si hubiera logrado convertirse en el Bobby Fisher español, mientras su madre  limpiaba escaleras de rodillas, tragándose penas y sueños, la vida de ambos se hubiera escrito de otra manera, no aquel batiburrillo de párrafos escritos con improvisación y mala ortografía.  Había llegado la hora de reconducir su historia por otros derroteros. Necesitaba un cambio. Que la mano que mecía su destino como si él fuese una marioneta, le mirara por primera vez con el respeto que merece el enemigo. Un aumento de sueldo era el mejor de los comienzos de un futuro menos incómodo.

Su alter ego era un tablero de sesenta y cuatro casillas y treinta y dos piezas. Con estas armas se movía en el cuadrado imperfecto del mundo. Sus movimientos se traducían a la realidad en ciertas combinaciones de cifras y letras. La vida consistía en aquellos movimientos en blanco y negro. La belleza de la huída hacia delante tenían un único propósito: vencer o fracasar. Para nuestro protagonista, el arte del ajedrez consistía en la exploración de sus propios límites.

Tomada la decisión solo quedaba ponerla en marcha. Surcos oscuros debajo de los ojos delataban noches de insomnio, planificando cuál sería la mejor estrategia a seguir. Se había decidido por una apertura abierta, agresiva, según el modelo Kaspárov. Conocía de largo su estilo. “El Ogro de Bakú” lograba casi siempre la victoria con un asombroso juego de ataque, arreglándoselas para sabotear cualquier intento de su rival por mantener una partida tranquila. Una mueca, una exclamación, un rebullirse en la silla…, eran ardides más que suficientes. Al final, conseguía que su contrincante perdiera el equilibrio, saltaran chispas y se precipitara hacia la derrota.

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Como en cualquier deporte de riesgo, no hay genialidad sin un gramo de locura. En el ajedrez, perder es una caída libre dolorosa aunque momentánea. Uno de los riesgos de salud entre los ajedrecistas supone la pérdida involuntaria del juicio. Conocía muchas historias, sin ir más lejos estaba la de Torreta. Aquel tipo de veintidós años que acabó el campeonato de Polonia gritando ¡Fuego! mientras corría en cueros por la sala. Lograron vestirle sí, pero con un chaleco de fuerza. Una vez en el psiquiátrico, los facultativos le recomendaron con empecinamiento que abandonase el juego. A decir verdad, su crisis psíquica no había motivada por la presión. El problema fue el casorio de su novia, con nocturnidad y alevosía, con uno de los mejores amigos del jugador. Conocido el problema de fondo, los mismos doctores le prescribieron con igual ahínco, que abandonara aquella extraña adicción a la amistas. La ciencia y la sabiduría popular demostraron hace siglos que los buenos amigos pueden convertirse en diabólicamente malos. Desde el día fatídico, según las malas lenguas, Torreta vivió aferrado a una diminuta reproducción de un cuadro de Frida Khalo titulado: “Ella juega sola”.

Durante aquella semana aciaga en Argentina, país natal del ajedrecista, mientras se desvelaban  más detalles del caso, el ingenio y la creatividad literaria de los titulares periodísticos fue en crescendo “Torretas más altas han caído”, firmaba Víctor Hueso en La Nación. Carlos Barrio, articulista de Clarín y examigo del jugador por prescripción facultativa fue el más apasionado:  “Adiós, Torreta, compañero de la vida”.

Sin embargo, el personaje central de nuestra historia no estaba dispuesto a dejarse arrastrar por la exaltación extrema de ninguna pasión; esa especie de paroxismo que parecía respirarse en cada rincón contaminado del planeta. En su operación relámpago tomaría posiciones cuanto antes, cogería desprevenido a su jefe. Unos cuantos golpes bajos atacarían la estructura de sus peones. Las minorías siempre importantes, resultan vulnerables en el asedio. Llegado el caso, están dispuestas a dar la vida por sus señores.

Reafirmándose en tales pensamientos, el joven toma el ascensor hasta la cuarta planta, recorre los dos pasillos que le separan de la oficina de su rival. En el preciso instante en el que en la otra mitad del mundo, Nora se da de alta en Facebook, Richard y Sara hacen footing por Hyde Park y el pequeño Herman lee con atención las preguntas de su examen de matemáticas, el periodista hace sonar sus nudillos sobre la puerta del responsable de redacción.

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Nada más entrar, se topa con la mirada de fastidio del tipo que detrás de su mesa de despacho, primero le observa por encima de sus gafas y después consulta el reloj de muñeca como si la visión del redactor activase un reflejo condicionado.

«¿Es importante? Me coges yéndome a ver el partido», le espeta el jefe.

Aquel tipo se ha tomado la libertad de abrir con blancas. Si la agresividad de espíritu en la imaginación de nuestro personaje resulta casi ilimitada, la frialdad del recibimiento de su contrincante no lo es menos.

«Uno e cuatro», responde el redactor. Sabe que un periodista está obligado a ser ocurrente al menos dos veces en su vida para labrarse cierta fama. Quizás ese momento fuera una de aquellas oportunidades de oro.

«¿Cómo? ¡Ah! Ya entiendo. Siéntate un minuto. Ahora que te veo he recordado algo, pero antes de todo, ¿cómo estás?.»

«Muy bien. El torneo de Israel fue de antología.»

«¿Qué torneo? Bueno, no importa. Una competición de esas que te gustan a ti, llena de viejos con los ojos clavados sobre un cuadrado de madera».

«No son viejos. Al contrario, los jugadores cada día son más jóvenes. Además, como sabes, el opio del pueblo es un mercado diversificado. A unos les gusta la política, a otros la bolsa, el cine o el ejército. Hay quienes se preocupan por el planeta y los hay que disfrutan viendo a unos muñequitos millonarios corriendo con un balón enredado entre las piernas. ¿De qué vivirían los periódicos si no?»

«Muy gracioso, el chico. Bueno, al grano, ¿qué querías?»

El timbrazo del teléfono irrumpe en la escena. Cómo no había previsto una cosa así… Cuando la suerte de un tipo está pendiente de un hilo, suena el despertador, el electrocardiógrafo o las campanas fúnebres.

«¿Si? Sí. Bien. Que hable con ellos de nuevo si es necesario. Entiendo. Antes quiero leerlo. Haz lo que creas. No quiero más meteduras de pata, ¿me oyes? Si me cortan los huevos, tú vas detrás. Y todo por ese capullo que habla de libertad de expresión como si esto fuera Lourdes… Haberlo echado hace mucho tiempo, eso tenía que haber hecho, pero esto se acabó. Mañana a las ocho, todos en mi despacho. Esto se acabó,. Mañana mismo hago una limpia de gilipollas.»

Continúa hablando y la situación entra en un preocupante compás de espera. El ambiente se ha electrizado en dos segundos. El jefe clava sus ojos de halcón sobre su redactor, escupe palabras, una nube de saliva rabiosa se le acumula en la comisura de la boca, es la voz del Führer  arengando a la soldadesca sobre la Gran Alemania.

Él debe actuar con rapidez. ¿Otro peón?, ¿un caballo o el alfil? Puede caer en el riesgo de caer en un zugzwang. Un nuevo movimiento puede ser peor. ¿Callar entonces? No. Mover torre. Continuar. Resistir. Su ejército de negras colaborará en el asedio de la fortaleza enemiga. Ante semejante vendaval y con el reloj consumiendo minutos, no habrá dios que salga indemne.

El redactor jefe prosigue su perorata militar sin que le tiemble el pulso. Se va instalando en un manto de camuflaje imperceptible, concentrándose en los flancos que destroza en cuestión de segundos, rodea y destruye las tropas pesadas en el medio. Los soldados de nuestro ingenuo periodista caen como chinches, está sufriendo una pesadilla. El enemigo resulta corrosivo. Sus caballos no se detienen, devorando con la boca esquinada cualquier pieza que se les ponga delante. El redactor es un convidado de piedra. Su rey entra en trance severo. Pierde la barrera defensiva. El jefe despliega un auténtico procedimiento de abducción sobre el rey azabache hasta arrinconarlo. El monarca se derrumba a los pies del animal de marfil.

En el páramo del campo de batalla, un jinete solitario encabrita a su equino en señal de victoria. En mudo silencio grita el Vae victis! En esas lides la veteranía es un grado.

Cuando se levanta de su asiento, el joven comprueba que las piernas apenas le sostienen. Sale del despacho y durante algunos segundos aún escucha aquella voz babeando exabruptos. Se ve a sí mismo como una sombra, regresando a la tierra de nadie. No sabe por qué le asalta el recuerdo de Paul Morphy, la estrella más fugaz del firmamento ajedrecístico norteamericano, quien culpaba al ajedrez de su mala suerte. Abogado fracasado y amigo de las duchas de agua fría, pereció en una de aquellas abluciones. La ducha fría resultó ser mortal.

En ese preciso instante, mientras nuestro protagonista hace esfuerzos por recuperar el aliento, millones de personas aventuran sus sueños en la que pudiera ser la mejor jugada de sus vidas.  Y es que, nunca se sabe  lo que puede ocurrir en el tablero imperfecto del mundo.

 

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