“Desengaño del Mundo”, Antonio de Pereda, 1650.
Cogí el caballo y tomé en seguida camino. La noche iluminada me condujo con ligereza hasta las puertas del castillo.
Salve, Rey de los sueños. Y arrodillado a sus pies, juré fidelidad eterna.
Desde aquel día habito este reino de sombras al servicio de mi señor. Nada añoro porque duerme en mí la belleza del mundo.
No hay resquicio de arrepentimiento. La paz alargó sus brazos y me llamó soldado.
No permitiré que mis párpados se abran de nuevo ni que la luz los atraviese con su furia.
No sucumbiré a tal tentación, pues la fe en mi rey es de hierro.
Si despertara, solo entonces, moriría de veras.
Bendito sea mi sueño. Que cien años dure.
 
 
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