¡Penélope, no corras! Sus piernas largas se resisten, apenas importa que tenga las rodillas en carne viva. Brinca como una gacela, le hierve en la sangre el latido de la sabana. !¿A qué cuento viene parar?!. Penélope es más rápida que el tiempo. En cuanto sea mujer, atrapará el futuro a manos llenas.
            ¡Penélope, no corras!  De caderas redondas y anchas, bonitas como sus pechos; piel terciopelo, almíbar en los labios. Toda ella parece decir: «Cómeme». Sabe lo que sabe. El juego del amor aún no lo conoce. Las demás se lo van contando y ella, muchacha lista, piensa que son mentiras de viejas.
            ¡Penélope, no corras! Cuando camina bambolea entero el cuerpo. Las miradas de semental no se fijan en el ritmo de su vestido sino en la figura de ébano que se transparenta debajo. Si alguno hubiera aprendido a leer, la hubiera nombrado Lolita del Bronx. Pero leer no es oficio ninguno; no da de comer.  Ellos trabajan y beben, y le compran parcelitas en el cielo al reverendo. Hace tiempo les quedó claro que en esta tierra, ellos no tienen sitio.
            De Penélope andan todos locos. Despreocupada, suelta la risa de sus ojos de ámbar, dejándose abrazar a veces por el camino. Un beso robado en algún callejón, un día, y una caricia, otro. Hay que premiar los halagos y tenerle encabritado a su vera. Fiel a su idea del amor, va dejando engatusar, la niña golosa. El tipo besa donde ella pisa y ella tiembla cuando la toca. Es dócil, trabajador, aunque demasiado triste, el chico. Ya tendrá tiempo de cambiarlo a su gusto.
            ¡Penélope, no corras! Se casó con el blues. No lo vio a tiempo. Al principio todos resultan buenas personas. Andaba distraída con esa pajarera en la cabeza; juventud, la llaman.
            El príncipe azul oscureció como noche que extravió la luna. Enfermó con las sombras de otros hombres, el muchacho.
            Tenía una barriga de ocho meses, dos vestidos en un bolso viejo y un cuello fino de impala africana. Entero le cupo en la palma de una mano, al canalla.
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