Michèle Morgan (29 de febrero de 1920, 20 de diciembre de 2016), cuyo verdadero nombre era Simone Rousell, había nacido con el mar dentro de los ojos. Espectadores, críticos, directores y compañeros de interpretación cayeron rendidos a aquella mirada de azul cristalino que les atravesaba como una flecha. La hija de un empresario de perfumes conoció la fama en 1938 gracias a su interpretación en “El muelle de las brumas”, entonces tenía 17 años. “¡Ah!, esa mirada”, “Pupilas de la nación”, “La Garbo francesa”, y otras frases parecidas volaron apresuradas de la pluma de los críticos a los titulares de prensa. 
            Pocos cinéfilos de hoy recuerdan  que Michèle Morgan fue la primera actriz en recibir el premio de interpretación femenina en Cannes por su papel en “La sinfonía pastoral” (1946), adaptación cinematográfica de la novela de André Gide.  
            Con más de 70 películas en su filmografía, una efímera incursión en Hollywood,  y tras haber trabajado bajo las órdenes de uno de sus maridos, el director Gérard Oury, y otros tantos maestros como René Clair, Claude Lelouch o Claude Chabrol, los ojos de océano cambiaron el cine por la paleta de colores. Michèle Morgan dedicaría sus últimos años a la pintura. Al final de su carrera, recibiría el César de honor y el León de Oro por toda su carrera.

 

            En estos días, sus antiguos compañeros recuerdan su generosidad, su gran modestia y su cariño incondicional hacia el público que la adoraba. Sin embargo, de todas las páginas que le dedicaron los periódicos el 21 de diciembre con motivo de su fallecimiento a los 97 años, me quedo con una frase atribuida a la actriz en su autobiografía “Avec ces yeux-là” (“Allí con estos ojos”) y que me llega como una pena antigua, como un dolor del que la actriz se sintió siempre prisionera: “Todos hablaban de la belleza de mi mirada, pocos mencionaron la calidad de mis interpretaciones.” 
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