Rosario, así se llamaba la hermana de mi padre, venía a mi casa de higos a brevas. Ella y mi madre no se llevaban porque la tía en cuanto se le presentaba la ocasión, le calentaba a mi padre los sesos contra unos y otros. No paraba la condenada con la matraquilla, hasta que mi padre perdía el tino y se ponía a insultar de puertas pa dentro a todo bicho viviente, y la primera víctima de sus arrebatos era mi madre, claro.
            Era bajita, con poca carne en los huesos, ojos pequeños y huidizos como los de un ratón de campo, y fea como el diablo. Tenía una nariz finita y alargada que usaba de antena, pues se enteraba de todo, incluso de lo que aún estaba por pasar.  Si iba a llover, si venía tierra de África, si fulanita estaba preñada, si menganito olía a muerto… De día y de noche no tenía otra faena que husmear lo que flotaba en el ambiente para después hacer sus propios razonamientos.
A mis hermanos y a mí, la tía nos daba miedo aunque verla aparecer tenía su aquel.  Siempre traía con ella secretos que más tarde serían el maná de un pueblo tan aburrido como el nuestro. Tía Rosario contaba con mucha maña los chismes que nosotros oíamos de primeras de su boca, honda como un pozo, pues dientes le quedaban pocos.
            Madre contaba que de joven había sido una mujer guapa, alegre y presumida. Como le gustaba coser, sacaba en un pispás los patrones de los modelos de las artistas de cine, y en la verbena ya estaba estrenando vestido nuevo. A mí se me hacía muy difícil hacerme la idea, mirando por el rabillo del ojo a la vieja que tenía cerca, enlutada de la cabeza a los pies y seca como el tollo, endomingada con vestido blanco y zapatos de tacón, fuera escuchando misa, fuera moviendo las caderas en la plaza.
            Además, por lo visto, tenía muchas perras, pero tan bien las había escondido, que la mujer no lograba acordarse donde. Veces mis hermanos y yo fantaseábamos con aquel tesoro. Cuando la tía Rosario muriera, mientras los otros estuvieran de paseo al cementerio, nosotros tres iríamos derechitos a su casa a buscar el níquel valioso. Mi hermano Lito creía con fe ciega que las viejas solteronas guardaban todo dentro del colchón, y allí sería el primer sitio donde había que mirar por si acaso. Margarita se burlaba de él. En aquel supuesto escondite, solo encontraría chinches y piojos, que en esa cuestión la tía era la más rica de Tenerife.  Yo les oía comentar y soñaba con que algún día,  aquel tesoro caería en nuestras manos y ninguno, más nunca, volveríamos a ser esclavos del  campo. Para terminar pronto y quitarle rápido el run-run de la curiosidad que lleva usté en la cara,  ya le adelanto que no se encontró ni tesoro ni metal alguno que cambiara el brillo de nuestras tristes vidas. Segura estoy ahora de que tal historia era otro cuento de madre, siempre fantaseando, esperando salir de la miseria como por milagro. Y eso, por desgracia, sucede con la misma frecuencia con la que el sol se esconde detrás de la luna.
            Le hablaba de cuando la tía Rosario apareció por la puerta y… No. Antes quiero contarle porqué ella quedó soltera. Había tenido un novio del sur de la isla.  Por lo visto, Fajardo ganaba bien de encargado en una empresa que llevaba los plátanos en barco pa Inglaterra. A este hombre le gustaba la lucha canaria y tenía fama de ser el mejor luchador de la parte de Arona, Adeje, de aquella zona de por ahí. Hasta que pasó lo que pasó, no hubo macho que tumbara a “El Pollo del Sur”, como se hacía llamar en el terrero.
(Continuará…)
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