―¿Es la Real Academia de la Lengua Española?
―Sí, dígame.
―Quería hablar con el departamento de atención al hablante.
―Carecemos de tal departamento.
―Pues yo quiero poner una queja.
―Pues, dígame.
―Por la voz me parece que hablé con usted hace tiempo sobre el cambio de nombre de la “i griega”, que ustedes decidieron  llamarla “ye”.  No sé si lo recuerda.
―Ah, usted… De qué se trata esta vez.
―Pues que tampoco estoy de acuerdo con que la palabra cuórum se escriba ahora con “c”, en lugar de con “q”. Puede crear inseguridades.
―Esa cuestión se acordó hace seis o siete años. Pero, ¿a qué se refiere cuando dice que puede crear inseguridades? Como no se explique…
―Imagínese que hay una reunión de estado donde sus miembros deben tomar una decisión importante sobre el país y se necesita un número de miembros representativo para que ese acuerdo se refrende. ¿Me sigue?
―Por ahora.
―Llegado el momento, el Secretario informará al Presidente que existe el número suficiente de personas necesario para proceder a la votación. El Secretario informaría entonces: «Señor Presidente, tenemos cuórum».
«¿Con “c” o con “q”, señor Secretario?», preguntaría con cierta perspicacia el Presidente.
«Pues con “c”, según la RAE, señor».
«No me fío, señor Secretario. En el último momento cualquiera puede salir huyendo por el hueco de la “c”. Esa trampilla abierta de la letra es una tentación para cualquier tránsfuga. Necesito que haya quorum con “q”. El tema es importante y requiere cierta seguridad. La “q” no permite escapatorias ni sorpresas».
«Pero, señor Presidente, la RAE…»
«Ni RAE, ni nada. Que aquí, como nos descuidemos, dentro de nada “casa” y “establo” serán sinónimos. Exijo un quorum latino donde no exista el más mínimo resquicio de duda.»
―¿Le sirvió el ejemplo?
―Mujer, usted le ha puesto mucho cuento al asunto, y si nos dejáramos guiar por los gustos y la imaginación de cada usuario… Lo que usted plantea va mucho más allá de la propia lengua.
―Pues yo creía que la lengua la hablamos todos y no solamente señores con sillón.
―Oiga, que yo soy sólo un funcionario. A mí me dicen y yo cumplo.
―Solo le falta que me diga ahora que a usted no le pagan por pensar.
―Mire, no se pase…
―Por favor, le ruego ponga en conocimiento del presidente que la Academia tiene que estar abierta al diálogo y a la crítica. No basta con sentar cátedra y se acabó.  ¡Ah! y dígale también que ponga una oficina del hablante.
―Transmitiré su opinión al jefe de mi departamento, y si hay cuórum…
―Pero, con “c” o con “q”. ¡Ya le he dicho que no es lo mismo! ¿Oiga?, ¿oiga? ¡Será posible…!
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