Y es que basta lanzar una palabra de desdén como el que lanza una piedra, basta dar la espalda a esa mano que se acercó a saludar, fingir que su llamada no es oída pues merece el castigo de nuestro silencio. El más sutil gesto será suficiente para convertirle en un pingajo hecho de sombras. Habremos conseguido destruir a esa mujer, a ese hombre hasta que, sin saber de qué manera, esa mujer, ese hombre quizás logren no sucumbir porque habrán encontrado la llave de su fuerza.

 Cuando sus pies regresen del éxodo al que fueron expulsados, estos ya no serán de barro sino de viento. Nadie podrá detenerles en esta tierra que les parió.

 

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