Dibujo de Ósip Mandelstam por David Levine
Hay historias sobre pantalones que conmueven. Una de ellas podría ser la que relata Nadiezhda Mandelstam en sus memorias: Contra toda esperanza, que más que un título es la confesión de una mujer rota. 
Sin pantalones se quedó su marido, el poeta Ósip Mandelstam. Otro escritor, Gorky, otro hermano de la literatura, le negó el derecho a vestirse como un hombre. Fue en la década de los 20 del siglo pasado, cuando Vladímir Ilich Lenin se hizo con el poder y las palabras “proletario” y “marxismo” eran la sal de todos los discursos, porque comer, lo que se dice llevarse un trozo de pan a la boca, eso sí que en Rusia era una utopía. 
Máximo Gorky, con el permiso de su amigo y jefe de Rusia, quiso enrolar a los intelectuales en la aventura revolucionaria como “camaradas de viaje” y propagaran la buena nueva del socialismo en fábricas y universidades. Son muchos los testimonios de artistas e intelectuales que cuentan que Gorky, en los primeros años, (la cosa cambió con Stalin) protegió a sus amigos e intercedió en favor de éstos cuando tuvieron dificultades con el poder. La situación de privilegio le duraría poco, hasta octubre de 1921. Vladímir Ilich, harto de las quejas continuadas de Gorky, le aconsejó que cuidara de su salud a ser posible y sin discusión, en algún lugar fuera del país.
Pero antes de que Gorky pusiera los pies en Berlín por prescripción leninista, y como presidente de la Sociedad de escritores desde la cual dirigía editoriales y publicaciones, se encargaba además de gestionar las necesidades de vivienda, alimento y vestimenta de su gremio. 
Ósip Mandelstam, según lo establecido, dirigió una solicitud en la que pedía un pullover y un par de pantalones. El poeta llegaba medio muerto de Crimea, uno de los frentes donde se libraba una guerra civil entre “Rojos” (bolcheviques) y “Blancos” (zaristas).
Como respuesta a su petición, Máximo Gorky, el autor que procedía de los bajos fondos, que conocía por tanto la miseria, quien fuera amigo de Tólstoy y Chéjov, dos escritores que retrataron la compasión y la fragilidad del hombre, ese Gorky, le denegó los pantalones. «Ya se las arreglará», comentó. Hasta aquel entonces, no se había dejado a nadie sin dicha prenda.
 
Caricatura de James Joyce de César Abin (1932)
Por la misma época y en otro lugar, James Joyce recibió unos pantalones, pero a qué precio. 
En 1920, cuando Joyce se instaló en París con Nora y los niños, Pound se desvivió tratando de solucionar cualquier necesidad material que tuviera la familia. Como es sabido, la recomendación de Pound para que Joyce abandonara Trieste y se fuera a la capital francesa resultó ser un acierto, pues Ulises encontraría en Silvia Beach su editora.
En una ocasión, Ezra Pound  le envió desde Nueva York un paquete a través de T.S. Eliot (otro de los damnificados del samaritano norteamericano) quien tenía previsto viajar a París. Joyce no había tenido aún la oportunidad de conocer al autor de “Abril, es el mes más cruel”, pero admiraba su poesía. Ambos, en sus respectivos géneros literarios habían roto moldes, los dos se habían dejado guiar por la brújula de los clásicos: Homero en el caso de James Joyce; Dante en el caso de Thomas Stearns Eliot. 
Quedaron pues en verse en una cafetería y Eliot le hizo entrega de la mercancía. Cuando Joyce consiguió deshacer el envoltorio, encontró en su interior un pantalón y un par de zapatos de segunda mano. El irlandés se mostró profundamente abochornado. No era la primera vez que Ezra Pound le vestía por los pies, pero sí la primera vez que su estrechez quedaba en evidencia a los ojos de un extraño.
Mi última historia de pantalones es breve, pero no por ello menor intensidad. Le sucedió a George Orwell durante la guerra española. Esa en la que unos y otros salieron heridos. El escritor y periodista lo narra en uno de sus ensayos, que continúan siendo un faro inequívoco para quienes busquen el pensamiento de un hombre honesto.  En este artículo, reflexiona sobre la contienda en la que combatió durante seis meses desde la milicia del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).
El incidente que nos ocupa se desarrolló entre enero o febrero de 1937. Orwell se encontraba en el interior de una trinchera situada a las afueras de Huesca. A la hora del alba y a escasos trescientos metros, se ve sorprendido por un soldado enemigo que sale de su escondite sujetándose los pantalones con ambas manos. Orwell explica la razón por la que decidió no apretar el gatillo. Aquel fascista que luchaba por no quedarse en la carrera con el culo al aire, ya no era un “fascista” sino un hombre.
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