Pertenezco a la generación de los boomers. En la década de los sesenta y setenta, procrear fue un puro frenesí como el Cha cha chá.

 

La gente tenía facilidades; hasta el alma se podía pagar a plazos.
Bautizaron aquel fenómeno con un nombre explosivo: Baby Boom. La pólvora que se las prometía estallar en fuegos multicolores, acabó en un petardeo mediocre.
        Los boomers debajo del brazo trajimos problemas. ¿Nacimos en mal momento o es que el tiempo venía con tara? Colapsamos los colegios y las monjas nos llevaron a la capilla a rezar por la salud del dictador. Después de un par de rosarios, Francisco estiró la pata.
       Por edad, todavía no llegamos a disfrutar del todo la alegría generalizada. Escuchábamos canciones y frases que hablaban de libertad, sin duda. Como las matronas, aquellos eslóganes asistieron el parto de la Democracia.
        Poco a poco, a los boomers nos empezó a crecer el vello y los pechos.
        Una tarde, un mostachudo con pistola se coló por la televisión de nuestras casas. Había entrado en el Congreso disparando al cielo.
        «¿Es grave?» Mis padres salieron a la carrera al supermercado y regresaron con latas de leche condensada, legumbres, aceite y rollos de papel higiénico para varios años. No tuve necesidad de preguntar dos veces. Fue la primera vez que en mi casa entró una pata de jamón.
        El cielo no se derrumbó. El terror huyó saltando por la ventana. Poco después, “Puedo prometer y prometo” le dijo a los españoles que tiraba la toalla. Aunque ahora son pocos los que parecen acordarse, en aquel momento al Presidente le pusieron a caldo. En su lugar, entró otro con cabeza de huevo y gafas de pasta gorda. Sobre este si es verdad que cayó el olvido.
        Para cuando los socialistas llegaron al poder, los boomers ya estábamos en la universidad. No había becas para todos. Allí conocimos los números clausus y la decepción. Nos vimos obligados a escuchar las clases sentados en el suelo del aula y de los pasillos. El primer año fue una pérdida de tiempo. Durante seis meses protestamos a favor de las reivindicaciones de los profesores no numerarios(PNN). En aquella ocasión, la sentada en el suelo fue porque quisimos. La performance sirvió para dejarnos el culo frío. Algo parecido había ocurrido ya. La mayoría votó no a la OTAN y aconteció lo contrario de lo expresado. En esto, en lo de protestar y conseguir cambios, los franceses y los británicos continúan llevándonos mucha ventaja.
        En la biblioteca leí Rayuela, Cien años de Soledad y Pedro Páramo. Los profesores parloteaban de MacLuhan, de Vladímir Propp y de la Gestalt como si nos descubriesen un continente nuevo. Íbamos a convertirnos en pioneros de la comunicación y la mayoría acabamos hechos unos piononos. El viento fue borrando la ingenuidad de cada una de nuestras facciones.
        A pesar de todo, creí que Monseñor Cardenal pondría en su sitio a la curia romana. Lo mataron antes.
       Llegamos demasiado pronto o demasiado tarde a casi todas las ayudas, pero aprendimos a aceptarnos con nuestras idas y venidas. Quisimos cambiar el mundo y el mundo pasó de largo. En muchos sentidos somos otra generación perdida. Creo que el término “invisible” nos define mejor.
        Ahora, cuando ya tenemos una edad en la que hacemos nuestras apuestas con el tiempo, cuando empezamos a decir adiós a nuestros padres, cuando nuestro rostro, poco a poco nuestros labios se van desdibujando hacia abajo, los economistas amenazan con que nos jubilaremos sin un chavo. Queda comprobado que las cuentas no salen con los boomers. Por alguna razón inexplicable, los números nos guardan rencor.
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