Y de nuevo aquí, en la puerta de la oficina en formación militar. He detestado toda mi vida las filas, de la misma manera que los uniformes me despiertan rechazo. En una cola se siente cierta clase de humillación. No es suficiente perder el empleo. Tienes que exhibir tu pudor en la calle, guardando un orden de hormiga bajo la supervisión de un segurita. Cuando tienes el orgullo herido, te ves así, como una hormiga o cualquier bicho kafkiano que una tenga a mano. 
Regresar a esta fila significa haber fracasado.
Los indignos llegamos temprano. Es una de esas primeras mañanas de enero en la que los abrigos todavía despiden olor a naftalina. Los que somos veteranos, todavía creemos en la verdad de los refranes: A quien madruga, Dios le ayuda.
Una vez en el interior, ninguno recibirá el premio al avispado matutino, simplemente le darán un trozo mínimo de papel con una letra acompañado de un par de números; nuestro turno.
Resulta fácil dejarse llevar por la frustración. Digamos que el escenario es una invitación a desconfiar hasta de nosotros mismos. 
Qué equivocado estaba Dante.  No es la esperanza lo que te conduce al infierno, es el propio infierno el que desencadena la falta de esperanza; esa a la que yo me había aferrado meses atrás.
Al otro lado de la mesa de este averno burocrático, un tipo con porte de capitán me ha breado a preguntas a las cuales he contestado como si fuera un soldado inútil. No sé poner ladrillos, ni arreglo tuberías ni cortocircuitos. Carezco de la fuerza física necesaria para cargar bultos; ni siquiera tengo energía para levantarme de la cama. Este último comentario, por supuesto, se lo he ahorrado al funcionario con cara de importarle un comino mi caso y el de cualquiera. Antes de convertirse en servidor del Estado, tuvieron la precaución de extirparle el corazón y los lagrimales. Parece un buen funcionario.
 
Cuando me preguntó qué sabía hacer, he contestado: “Leer y escribir”. “Estudios básicos”, se dictó en voz alta mientras completaba, lo que se suponía era mi expediente informático y que por supuesto no se había tomado la molestia de revisar. 
No le enmendé el error, me dio la oportunidad de carcajearme de lo lindo en privado. El malentendido me lo guardé en el bolsillo junto con el pañuelo y el cuadernito de anécdotas. Y es que los funcionarios carecen de sentido del humor.
Una vez terminado el interrogatorio, estampó un sello sobre un trozo de papel con una fecha que señala que debo presentarme en la oficina de reclutamiento para dentro de tres meses. Quién sabe dónde estaré en primavera. Posiblemente para entonces tenga nómina en alguna empresa. Las de cincuenta estamos muy solicitadas. Hasta el más desinformado lo sabe.
Para colmo, esta lluvia. Nunca me ha gustado esta ciudad lluviosa. El ambiente se vuelve más desagradable, hasta la gente se vuelve antipática. De un tiempo a esta parte, la mayoría ha olvidado cómo se sonreía. En este gueto crispado en cualquier esquina hiede a orines. Madrid se ha convertido en un meódromo capitalino. El cielo ha perdido el color velazqueño. De las bombillas públicas cuelga luz mortecina de aquel tiempo oscuro. Hoy esta ciudad es una pintura negra. Una boca de viejo devorando a sus hijos.  
¿Por qué vivo aquí? Es una pregunta que detesto y sin embargo, yo, erre que erre. 
 
A pesar del incordio del tiempo, me mantuve firme en los planes. Llegué a casa, cargué el carrito de la compra con algunos libros de mi biblioteca y salí sin mirar atrás. Mejor hacer las cosas en caliente, pues corro el riesgo de quedarme esperando a Godot y había recibos pendientes que pagar. 
Corrí a sacrificar lo único que poseía: mis libros.
Hice bastantes viajes a la Cuesta de Moyano. Encontré a un tipo joven que me compró cada libro a un euro. Más tarde él los vendería por cinco. El trato me pareció justo. La mayoría de los volúmenes estaban subrayados con bolígrafo y con anotaciones en los márgenes. El librero tenía corazón.  
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