«Estamos en guerra», declaró el Presidente en un mensaje televisado en prime time. «La amenaza terrorista que en estos momentos se cierne sobre nuestra nación, exige sacrificios que atañen a las libertades individuales. Desde el Gobierno, yo a la cabeza como representante máximo, los ministros, coordinados con las Fuerzas de Seguridad, trabajaremos con todas nuestras fuerzas para asegurar la paz, el orden y la seguridad del Estado. Para lograr este objetivo de prioridad máxima, levantaremos muros en nuestras fronteras, supervisaremos las comunicaciones personales con el exterior, investigaremos a todos aquellos que tengan comportamientos sociales sospechosos, ideas políticas discordantes y creencias religiosas no afines. Instalaremos cámaras de vigilancia en oficinas, colegios y otros lugares públicos como mercados y plazas.
Esta lucha servirá no solo para restaurar el honor y la dignidad de nuestro país, sino para poner fin al fanatismo incontrolado del que ningún ciudadano de este país se encuentra a salvo, como hemos podido comprobar después del brutal atentado de hoy. Entre todos, conseguiremos erradicar el terror de nuestra sociedad.»
Al día siguiente era sábado. La gente madrugó y se echó a la calle. Atascos monumentales colapsaron la capital durante toda la jornada. Se inauguraba un nuevo Ikea en la ciudad.      
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