Como en cualquier deporte de riesgo, no hay genialidad sin un gramo de locura, y en el ajedrez, perder es una caída libre y dolorosa aunque momentánea. Uno de los riesgos de salud entre los ajedrecistas está la pérdida involuntaria del juicio. Conocía muchas historias, estaba la de Torreta, sin ir más lejos. Aquel tipo de veintidós años que acabó el campeonato de Polonia corriendo en cueros por la sala gritando: !Fuego!. Consiguieron vestirle sí, pero con chaleco de fuerza.
Una vez en el psiquiátrico, los facultativos le recomendaron con empecinamiento que abandonara el ajedrez. Su crisis psíquica no había sido por culpa de la presión del juego, la culpa la tuvo su novia al casarse con uno de los mejores amigos del jugador. Los mismos doctores le recomendaron con igual ahínco que era momento de abandonar la adicción a la amistad, pues los buenos amigos pueden convertirse en diabólicamente malos.
Se cuenta que desde aquel día, Torreta vivió aferrado a una diminuta reproducción de un cuadro de Frida Khalo titulado: “Ella juega sola”.

 

Durante aquella semana en Argentina, país natal del ajedrecista, a medida que se desvelaban más detalles del caso, el ingenio y la creatividad literaria de los titulares periodísticos iba en aumento. “Torretas más altas han caído”, firmaba Víctor Hueso en La Nación. Carlos Barrio, articulista de Clarín y examigo del jugador, por prescripción facultativa, fue el más apasionado:  “Adiós, Torreta, compañero de la vida”.
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