Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de Las Letras 2016, está considerado por la crítica internacional como uno de los mejores y más representativos escritores vivos de Estados Unidos.

El mejor escritor en activo en este país, lo definió en una ocasión su mejor amigo, el malogrado escritor, Raymond Carver. Desde su primera novela, Un trozo de mi corazón (Anagrama, 1992), el estilo de este escritor se ha inscrito dentro de una de las corrientes narrativas tradicionalmente americanas, la misma que siguieron Mark Twain, Fitzgerald o Hemingway.
Ford (Jackson, 1944) que como el creador de Huckleberry, nació y creció bajo la mirada sureña del Mississipi, siente al igual que aquel, cierta afinidad y comprensión hacia los hombres y mujeres invisibles que escriben la historia de América. La obra de Ford carece de la ironía de Twain pero comparte el mismo escepticismo con el que se juzga los convencionalismos que van en contra de la libertad individual. La idea de pertenencia a cualquiera de los grupos socialmente definidos por las relaciones familiares, la raza, la religión, la profesión, las aficiones deportivas o el color de las ideas políticas será positiva en la medida que nos crean la ilusión de ser queridos y valorados por el resto de la comunidad. Al mismo tiempo sucede que sus miembros esperan del individuo respuestas “grupalmente” aceptadas pero en algunas ocasiones, y por muy diversos motivos, los individuos no estamos dispuestos a dar. Esta autoafirmación de la identidad individual por encima de todo produce un profundo desasosiego, un estado de incertidumbre y desamparo, del que solo podrá salvarnos un relativo escepticismo.

Ya no tengo muchas cosas en común con ellos, y tanto ellos como los demás me invitan a muy pocas fiestas. En la ciudad, la gente sigue siendo simpática pero distante, y yo les considero buena gente, conservadores y honrados.

He comprendido que no es fácil tener a un divorciado por vecino. En él anida el caos… la naturaleza oscura del sexo que cuestiona el contrato matrimonial. La mayoría de la gente cree que tiene que tomar partido, y siempre es más fácil elegir a la mujer.” (El periodista deportivo)

Este estado de ánimo que se desprende de la literatura Ford la encontramos en escritores europeos como Chéjov o Camus, con los que el autor comparte ese amor a la libertad individual, cargada de contradicciones. Sus personajes soportan una gruesa columna de melancolía cuando sacan cuentas de la vida que cada uno de ellos proyectó en un momento determinado, y la que realidad en la que se encuentran inmersos. Es lo que Camus afirma por boca de Jacques Cormery, en su novela póstuma El último hombre: – Yo la he amado (la vida), la amo con avidez. Y al mismo tiempo me parece horrible, y también inaccesible. Por eso creo, por escepticismo. Sí, quiero creer, quiero vivir, siempre.

Este mismo sentimiento se desprende de la literatura de Ford cómplice de personajes fracasados que se desenvuelven como pueden en una América anónima y anodina, convencidos de que aunque la vida entera es incertidumbre y azar, el viaje merece la pena continuarlo hasta el final, quizás se presente una oportunidad de cambio.

Bascombe, el protagonista de El periodista deportivo, se sincera consigo mismo en un momento en el que quiere iniciar una conversación seria con su hijo:

Aunque en lo que se refiere específicamente a él, deseo de todo corazón poder hablarle desde un lugar más establecido – del modo en que le hablaría Charley si fuera su padre de verdad-, en lugar de hacerlo desde esta constelación de estrellas entre las que orbito y me deslizo con suavidad. De hecho, si pudiera verme ocupar un punto fijo en lugar de estar en un proceso (la esencia del Periodo de Existencia), las cosas podrían ir mejor para nosotros dos; yo y mi hijo el ladrador.

Ford prefiere el universo masculino. Como Hemingway, los hombres, viriles y desarraigados, evalúan constantemente la cantidad de energía invertida en sus diferentes actividades y los resultados obtenidos tanto en sus parcelas profesionales como en sus decisiones relacionadas con el amor. Con frecuencia se encuentran en el dilema de tropezar con una mujer más atractiva que con la que comparten sus vidas. La seducción se les antoja entonces como una tentación irresistible y sólo cuando consiguen el trofeo tan deseado, optan por ser muy resbaladizos si tienen que comprometerse porque su experiencia pasada ya les resultó demasiado amarga. Esto le sucede a Frank Bascombe en El periodista deportivo (Círculo de Lectores, 1992), y cinco años más tarde en El día de la Independencia (1997). El escritor repite este dilema en algunos relatos incluidos en De mujeres con hombres (Anagrama, 1999). 

El héroe de El periodista deportivo anhela construir una vida mejor y para ello rompe radicalmente con el pasado. En El día de la independencia, Bascombe convertido ahora en un ex-escritor, un ex-periodista, un ex-marido, y en un ex-amante, asume de forma voluntaria la soledad, premisa indiscutible para lograr la verdadera independencia. Busca la redención en una nueva profesión, mientras se esfuerza por recuperar el amor del único hijo que le queda antes de que sea demasiado tarde. Se vislumbra por tanto la capacidad del hombre por acercarse a una felicidad que a veces depende de uno mismo.

La elección de la primera persona es la voz más frecuente en Ford. Amigo del tono brusco, el lenguaje rápido y descriptivo, consigue dar una naturalidad espontanea a las situaciones que narra; recursos que también frecuentaba su amigo Raymond Carver. Para ambos escritores la realidad no se pinta ni más dulce ni más cruda. El valor de su estilo es que hacen que la realidad misma fluya, se pone en evidencia de la mano de unos personajes invisibles que se enfrentan a problemas corrientes. La atmósfera del desencanto cae por su propio peso. Llamémosle entonces “literatura de lo cotidiano” y abandonemos para siempre la calificación de “realismo sucio”, ya que no hay de obsceno en mostrar una realidad que pertenece a millones de personas.

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