“̶  ¿Cómo puede ser eso?
̶   Hice cinco travesías en total -dijo Burlingame-. Durante la quinta (la misma travesía en la que perdí la virginidad) nos hallábamos un día detenidos por falta de viento en la horse latitudes* frente a las islas Canarias, cuando, de modo completamente casual, buscando por ahí algo con que mantenerme ocupado, resulta que me tropecé, entre los efectos personales de un compañero de barco, con un ejemplar de el Quijote de Motteux**; me pasé el resto del día con el libro, pues aunque Mamá Salmon me había enseñado a leer y escribir, aquélla era la primera historia verdadera que leía. Tanto me cautivaron el gran manchego y su fiel escudero que perdí la noción del tiempo, y el capitán Salmon me echó una regañina por presentarme tarde ante el cocinero.

»Aquel día dejé de ser marino para convertirme en estudiante, Leía cuanto libro encontraba a bordo y en el puerto: trocábalos por ropa, hipotecaba mi paga; daba igual de qué trataran los libros. (…)”

* Áreas del Atlántico donde las aguas son tan tranquilas que las embarcaciones se veían obligadas a aligerar el peso para aprovechar los vientos. Lo último que arrojaban al mar eran los caballos.

** La traducción libre de El Quijote de Pierre Motteux fue una de tantas versiones que se realizaron en Inglaterra durante el s. XVII, aprovechando el retorno en 1660 de los caballeros y aristócratas ingleses exiliados en Francia. (Esta aclaración es mía).

“El plantador de tabaco”. John Barth. Trad.: Eduardo Lago. Ed. Sexto Piso, 2013.
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