Ángeles Martín Fuentes con sus alumnas en la escuela de El Escobonal (1934)
            En todas las familias existen seres más o menos excéntricos. Algunas de estas extravagancias son confesables y merecen la pena ser contadas. Yo solo conozco dos casos en mi familia y he de adelantar que la experiencia aunque breve, está cargada de significado al menos para mí. Me refiero a lo de cambiarse el nombre en un momento concreto de la vida, que supongo debe ser algo parecido a librarse de una piel que lleva marcada heridas antiguas de las que uno merece librarse para sentirse distinto aunque la vida sea la misma. Quizás ese fue el caso de mi bisabuela paterna, Mercedes, que a los cincuenta y tantos, ya viuda, decidió rebautizarsesin necesidad de párroco, pila y padrino con el nombre de Jenny, como la protagonista de la novelita inglesa que tanto le había gustado. Y es que en aquella época, todo lo británico se consideraba de buen gusto y requetefino.
            Los isleños estaban más que acostumbrados a admirar a “los ingleses” bajando la pasarela de los barcos de vapor, pálidos, tardos, paseándose por las calles de Santa Cruz y La Laguna, bajo sus sombrillas y sus elegantes sombreros.  A ellos les gustaba Canarias. Para el país de la libra, el archipiélago significó un excelente enclave para extender su hegemonía comercial, además de un lugar exótico, casi mitológico, paraíso ideal para el esparcimiento e ideal para la salud.  Muy pocos saben que el doctor William Wilde, padre del famoso escritor, llegó a Tenerife el 7 de noviembre de 1837, acompañando a varios pacientes en una especie de crucero higiénico, con el propósito de que estos llenaran sus pulmones de yodo y vientos alisios.

William Robert Wilde
El afamado otorrino descubrió las excelencias de la climatología del Puerto de la Cruz y  La Orotava, que en su opinión eran unas localizaciones excelentes para construir lo que hoy llamaríamos un health resort.  No fueron sólo las bondades del clima lo que enamoró al  irlandés. Primero, descubrió la belleza de las mujeres; después, la perfecta arquitectura de la naturaleza que describiría en un librito de viajes titulado: Narrative of a Voyage to Madeira, Tenerife and along Shores of de Mediterranean . Maravillas naturales que, un siglo antes habían seducido a Von Humdboldt. En el pico de El Teide y bajo un manto de nubes, el explorador germano consiguió medir la excelente calidad del aire, para después perderse con su prosa poética entre la vegetación y la orografía del paisaje. Además de Wilde, Tenerife y el resto del archipiélago, fueron anfitrionas de otros visitantes ilustres de las Islas Británicas, tan excéntricos como bisabuela Yenny. 
 
            Un día de febrero de 1959, sir Winston Churchill, la esposa de este y el multimillonario matrimonio Onassis hicieron escala técnica en el puerto de Tenerife para luego poner rumbo hacia El Puerto de la Cruz. El grupo visitó otras islas, incluida  La Palma, por cuyas intrincadas carreteras del Sur les llevó un conductor a conocer Las Breñas y Fuencaliente. Cuando el recorrido por la isla se dio por concluido, llegó el momento de pagar al chófer, que sin pensárselo dos veces, rehusó cobrar sus honorarios a gente tan rica y famosa.  Como gesto de agradecimiento no sabemos si por los paseos, por el ahorro o por estricta educación británica, el octogenario primer ministro le entregó una caja de sus mejores habanos. El palmero se atrevió a pedirle que le dedicara un autógrafo, allí mismo, sobre la caja. Nelson se apellidaba el guía. Sí, igual que el contralmirante inglés, el que perdiera un brazo frente a las costas de Tenerife. Aunque de esto último no dijo nada, pues no era el momento más indicado para avasallar la memoria del huésped. Así que, el ex primer ministro, aún desconcertado por tan extraordinaria coincidencia escribió:  “De Churchill para Nelson. Paradojas de la Historia”.  
            Pero no voy a narrar más anécdotas de aquel viaje fugaz y glamuroso, ni aparecerán más ingleses en esta historia porque aquí, lo que importa es hablar de mi bisabuela y otros miembros de mi árbol genealógico que nunca aparecerán en los libros de crónicas, ni en los volúmenes de anécdotas de personajes célebres, y es por esa razón que pongo tanto empeño en rescatarlos en estas páginas, para que no se extravíen, al menos en mi memoria.
            Mi bisabuela comenzó a llamarse Yenny (trocó la “jota” por la “i griega” para no perder el sonido original), un nombre de sonoridad suave, amable, que nada tenía que ver con la aspereza de los nombres castellanos. El cambio se produjo aprovechando que su hija, maestra por vocación, tras contraer matrimonio, consiguió plaza en un colegio del Norte de la Isla. Por entonces, la familia vivía en el Sur, pero como en casi todos los lugares, la prosperidad debe buscarse en las tierras fértiles del Norte, donde la lluvia generosa protege los huertos del implacable sol africano.  Así fue como la pareja de recién casados, más mi bisabuela Yenny, a mediados de la década de los treinta,  emprendieron una auténtica odisea, pues lo que hoy se recorre en apenas cincuenta minutos, en aquel tiempo significaba un viaje de ocho horas en coche. Dirigirse al Norte era emigrar a otro país. Esa nueva vida que se abría en el pueblo del Realejo, provocó que también mi abuelo, contagiado por el espíritu aventurero, encontrara la oportunidad de cambiar de identidad, aunque en su caso fuera por razones políticas. Hasta entonces todo el mundo le conocía por Lajerio, nombre que parece nacer de las piedras afiladas del borde del mar. Escribía con seudónimo en los periódicos para decir todo lo que le parecía que andaba mal. El nombre de ficción de poco le sirvió cuando la cosa se puso fea. Desde pequeño Lajerio fue sospechoso de ser un rebelde camusiano, de los que dicen “no” cuando se trataba de segar libertades. Después la rebeldía, ya convertida en hombre, se dedicó a la profesión subversiva del periodismo, aunque por entonces hablar claro era una pérdida de tiempo, como “machacar en hierro frío” (así firmaba sus columnas). Además, por las esquinas del Puerto de la Cruz, además repartía pasquines que hablaban de libertad -una excentricidad en los tiempos de Franco-. Para disimular su socialismo republicano comenzó a llamarse Alfonso. Ocultar sus ideas políticas tras un nombre monárquico no le sirvió de nada. Lo que tanto se temía llegó durante la noche, cuando unos tipos vinieron a buscarle.
            Meses más tarde le llevaron a la península, acusado por difundir mensajes subversivos que procedían del otro lado de los Pirineos.  Pasó por varias cárceles y en un momento dado, le pusieron a construir la carretera que une Madrid y Segovia, y no precisamente en calidad de ingeniero de caminos y puertos, como creyó más de uno. Regresó a su casa enfermo, pero conservó su nombre y sus ideales hasta que el corazón dijo: hasta aquí hemos llegado, amigo Alfonso.  

 

            Historia bien distinta fue la de mi abuela. Ella no padeció el ataque de sentimentalismo británico de su madre, ni tampoco su vida en principio corría peligro. Tuvo la gran suerte de tener un nombre especial, único. En el pueblo nadie, excepto ella, disfrutó de ese privilegio. Su nombre encerraba olor a madera de pupitre y a uniformes limpios, guardaba dentro de sí canciones para memorizar los reyes visigodos y los ríos de España. Su profesión era antigua, vocación callada de quien esperaba con paciencia que sus alumnas escribieran algún día el futuro de otra manera. Mi abuela siempre estuvo orgullosa de su nombre: Doña Ángeles, la maestra

 

           
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