Llegaron los carnavales, y aquel año, mi abuela, por primera vez, dio su brazo a torcer: sus dos hijos pequeños saldrían disfrazados.
            Hay que decir que la cosa no estaba para fiestas. Era un tiempo de miedo. La paz estaba de luto. La mano derecha del general tenía vida propia. Sus deditos ágiles firmaban con rapidez unas cuantas sentencias de muerte a primera hora de la mañana. Luego, con la tinta todavía reciente entre el pulgar y el índice, se iban a oír misa vestidos como para ir a la guerra, comerse la ostia sin tocarla con los dientes,  y rezar el Padre Nuestro con voz afectada de caudillo: “Líbrame Señor de todo mal, que de los comunistas ya me libro yo solito”.
            Cuando certificaron su muerte natural,  algunos le lloraron con el brazo extendido cara al sol y se hartaron de celebrar misas en su nombre, rogándole a Dios que obrara un milagro como el de Lázaro. Pero mientras tanto, al general parecía no llegarle nunca su San Martín. Como todos los tiranos tuvo una vida larga como el mal que propagó. Le dio tiempo a matar de hambre a una nación entera, a torturar y asesinar a cientos de miles de personas. En esta isla desde la que escribo, la policía rastreaba las casas de los vecinos con alevosía y nocturnidad, y metía en el furgón a cualquier pobre diablo que hubiera cometido el error de pensar por su cuenta y hacerse preguntas sobre la libertad. En ocasiones, al secuestrado le cubrían la cabeza con un saco y lo subían a un barco.  Una vez en alta mar, le ataban un saco de piedras alrededor de los pies, y después de bendecirlo con un agujero en el corazón, lo arrojaban al océano del silencio. Ya antes de la guerra, el silencio y el odio hicieron temblar la tierra; se abrió un precipicio insalvable.
            Un terremoto fue lo que se desencadenó el día en el que mi abuela aparcó por unas horas su mentalidad cartesiana de maestra y se dejó convencer por sus hijos y su marido. “Yo voy a sufrir más de lo que ustedes van a gozar, pero qué le voy hacer…”  Fue lo más parecido a un sí que se escuchó de sus labios. Dicho y hecho. Mi padre, que apenas había cumplido los nueve, y mi tío, con dos años menos, saldrían a la calle disfrazados de negritos zumbones. No sé de quién fue la idea, quiero creer que fue de mi abuelo porque eso me da pie a contar algo sobre él.
            Antes de que fuera encarcelado en un hangar donde se almacenaba guano y, que después fue reconvertido en prisión política, se embarcó hacia Cuba, la octava la isla, con la intención de enriquecerse trabajando en la zafra. Un sueño que en aquella época, década de los treinta del siglo pasado, albergaron muchos isleños. Mi abuelo eligió el lugar y el momento equivocado, y volvió del Caribe más pobre de lo que se fue, hasta el pasaje de regreso tuvieron que pagarle. Regresó con los bolsillos vacíos, pero el espíritu lo trajo cargadito de sones que de vez en cuando, se las arrancaba del alma al ritmo de una guitarra melancólica. Lo cuenta mi padre en versión original, en las memorias que ha escrito. Y a mí, que la imaginación enseguida se me va a las nubes, no me cuesta pensar en aquel hombre de piel tostada, pelo negrísimo y ojos del color de la aceitunas, cantándole a la luna cuando ésta se derrama sobre la noche. Sí, la idea de los negritos zumbones no pudo ser más que de mi abuelo.
 
 
            El disfraz era bien sencillo, un pulóver negro de cuello alto, unos pantalones negros, los zapatos negros ―los únicos que tenían― y un faldón que mi abuela armó con una cinturilla de la que colgaban cintas hechas de todos los retales que encontró por la casa. Después de unos cuantos collares de papel de distintos colores alrededor del cuello, no quedó más que teñir la piel de la cara y de las manos. No fue tarea fácil, según me contó mi padre. Al principio, mi abuelo lo intentó calentando un par de tapones de corcho, pero aquel negro no tenía personalidad, era inútil para cubrir por completo aquellos rostros pálidos. Así que sin pensárselo dos veces, y sobre todo, sin consultar a mi abuela, cogió betún de zapatos y allá que embardunó manos, cuello y cara de los negritos de Carnaval, no solo a sus hijos, sino también a los otros tres niños del barrio que se habían incorporado a la tribu zulú. La operación fue un éxito total, los dientes de los zumbones relucían como el marfil.
            Todavía a mi padre se le iluminan los ojos cuando habla de su abuela. Dice que el momento más feliz de aquella tarde fue oír por primera vez su risa. Su marido había muerto joven. María de la Paz había vivido muchos años combatiendo en la vida. Era más que razonable que su rostro estuviera siempre nublado. Sin embargo, aquella tarde se le llenó de sol, sin poder frenar la risa que le nacía a chorros de la boca cuando vio a sus nietos vestidos de  forma tan extravagante. Después de setenta y cinco años, el absurdo de la vida le contagió de una felicidad explosiva, breve sí, pero al fin y al cabo, felicidad.
 
 
            De la casa, salieron en procesión los negritos entonando: ¡Ay, Mama Iné!, ¡Ay, Mama Iné! Todos los negros tomamos café. Una tonadilla cubanísima y zumbona que invitaba a abrir las órbitas oculares y al meneo hiperactivo de manos y caderas de Carmen Miranda, pero conociendo a los protagonistas de la historia, mucho me temo que aquellos negritos tenían más de monaguillos que niños de la selva.
            Después de dar dos vueltas a la plaza  y conseguir llenarse los bolsillos de caramelos, los zulúes fueron desertando uno a uno porque el estribillo no daba para mucho más. Mi tío y mi padre, decidieron estirar un poco más la fiesta callejeando por el pueblo. En un momento dado, les salió al paso un vecino que, como si no hablara con nadie, dijo en voz alta: “Los rojos no deberían tener hijos, solo ensucian el suelo que pisan”.  A pesar de que no entendieron del todo aquella frase, sí supieron a quiénes iba dirigida. Sin pensárselo dos veces, se echaron a correr y no pararon hasta resguardarse detrás de la iglesia donde comenzaron a engullir de manera atolondrada el botín de azúcar que habían atesorado,  quizás con la intención de borrar la amargura de aquella frase. También porque tenían la seguridad de que en cuanto aparecieran por la puerta, mi abuela les requisaría la mercancía sin miramientos. Refugiados detrás de los muros sagrados, mi padre le hizo jurar a su hermano, por la Virgen de los Afligidos, que de aquello ni una palabra porque si no, no volvería a prestarle su boliche de la suerte. Mi tío juró sin rechistar, aquel trato era redondo, mágico, de un verde brillante como el ojo de un gato.
            Desmoralizados, cansados y sudorosos regresaron a la casa. Mi padre con dolor de barriga y mi tío lloriqueando porque con el sudor, la negrura se le había metido en los ojos y le ardían a más no poder. La celebración del carnaval había sido corta, pero de una intensidad dolorosa que no olvidarían. Mi tío dijo que nunca más se vestiría de zulú porque ser negro o ro… ―no terminó la frase porque el pellizco en el brazo le cerró la boca―. Lo que él quería decir es que ser negro no traía más que desgracias en este mundo.
            Se deshicieron del disfraz como el que se quita de encima un saco lleno de pulgas, y derechos se fueron al baño para desprenderse de la negrura y el sinsabor de una mascarada que no resultó como ellos habían imaginado.  Mi abuelo, de rodillas al borde la bañera, restregaba cuellos, orejas, caras, manos, restregaba y restregaba, pero la piel se resistía a perder su color impostado. Los dos niños comenzaron a llorar, no solo por los restregones sino por el susto que se les metió en el cuerpo. Mi abuela no dijo esta boca es mía, era su peculiar manera de protestar cuando estaba realmente enfadada. Mi bisabuela, en cambio, no paró de hablar y no precisamente para traer la paz. Se le habían olvidado las carcajadas que horas antes le habían brincado en el pecho. La alegría le duró un suspiro, la risa desapareció de su boca, y con gran preocupación, persignándose a cada minuto, no hacía más que decirle a su yerno: “Pero, ¡¿qué hiciste, madre del amor hermoso?! ¡Ay, Dios mío, Dios mío, que estas criaturas no van a recuperar el color natural!”.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS PAPÁ!

 

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