Faulkner es como el buen vino, su escritura gana con los años y su sabor permanece en la memoria.

La obra de William Faulkner (New Albany 1897-1962) no es de fácil, el lector tiene que esforzarse. Sus historias en la América profunda del Sur, tierra dedicada a la agricultura, forja de familias humildes y esclavos que rezan, que cuentan leyendas, que siembran silencios sufriendo la escasez y la pobreza y pariendo hijos según dicte la naturaleza. Leer a Faulkner es prestarse a escuchar una variedad de voces diferentes al tiempo. Diálogos escuetos y largos monólogos interiores que el lector paciente  acumula en su memoria y de esta manera logrará comprender la tragedia que el autor nos revela. Faulkner es el escritor de la memoria, de la intrahistoria del Mississippi y uno de los mejores analistas del alma humana tanto individual como colectiva, que subraya la eterna disyuntiva del hombre que se debate en cualquier circunstancia entre el bien y el mal, entre la obediencia y la transgresión.

En El ruido y la furia el personaje narrador es un chico deficiente el encargado de contar la degradación de las relaciones en una familia próspera y la relación incestuosa que mantienen sus hermanos. La pasión, la religión, el pecado, la maldad, el miedo y sobre todo la muerte, se repiten en otra magnífica novela, Mientras agonizo, donde una familia que vive en la miseria deberá solventar sus diferencias internas y luchar contra la naturaleza hasta llegar al pueblo natal de su esposa-madre y allí enterrarla.

El mundo literario de Faulkner destila por todos sus poros la maldita condición humana destinada a un eterno e individual sufrimiento que sólo la muerte es capaz de redimir. Pero además hay que sumar el dolor que unos hombres infringen sobre otros, ya sea por codicia, por diferencias en el color de la piel, por ambición, o cualquier otro nombre por el que se conozca la maldad.

Los niños se preparan para juntos celebrar el 4 de julio.

Hill House, Mississipi, 1936. Dorothea Lange

Leer a Faulkner, como he dicho no es tarea fácil pero sí gratificante. El lector reconoce el respeto que el autor le profesa, con Faulkner uno se siente un lector adulto, qué difícil sentir lo mismo con los escritores de hoy; para la mayoría, somos un simple juguete a expensas de sus trampas burdas y deshonestas.

 La experiencia de su lectura es tan honesta como una fotografía de Dorothea Lange. La complejidad de la escritura de Faulkner, el profundo desasosiego que respiran sus personajes, ha influido  en la literatura de algunos escritores hispanoamericanos: Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa.

En 1949 recibió el Nobel de Literatura.


“El arte es más simple de lo que la gente cree -escribió Faulkner-, pues hay muy pocas cosas sobre las que escribir. Todas las cosas conmovedoras son eterna en la historia humana y ya han sido tratadas anteriormente, y si alguien escribe con la suficiente energía, sinceridad y humildad, y con la inalterable determinación de no darse por satisfecho nunca, nunca jamás, ese alguien volverá a tratar esas mismas cosas, pues el arte, como la pobreza, cuida a los suyos y comparte su pan.”

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