Ella tiene razón, siempre la tiene y lo sabe. Aunque su mejor amiga crea que esa soberbia suya es un defecto sin solución. Aunque su madre le diga que desde niña fue una majadera y que nunca aprendió cuándo debía callar. Aunque su jefa le reproche que es poco eficaz creer que uno está en posesión de la verdad. Ha intentado explicarlo muchas veces, vaya si lo ha hecho. No hay en ella la más mínima actitud de prepotencia, no es eso; tampoco tiene un don. Ella no es especial, ni mucho menos. Se trata de algo sencillo. El secreto consiste en observar. Mientras ellos corren, ella camina despacio, se detiene, contempla y escucha lo que pasa delante de sus narices. 
           Cuando era estudiante, le divertía defender sus creencias, era estimulante discutir con sus compañeros de clase. Pero aquel tiempo de ideales terminó, después todo se volvió cínico. Intentar convencer a los otros de que ella tiene razón es inútil y poco grato; ¡como vender biblias a domicilio! Para cuando las verdades se hacen evidentes, tal y como ella las había imaginado, los otros ya ni se acuerdan. Qué sentido tiene entonces decir frases hechas como: “¿Ves?, te lo dije” o ” no me escuchaste cuando…” o “en aquel momento pensaste que era una de mis…”  Lo mejor que puede hacer en ese momento es cerrar la boquita. Para qué gastar saliva con gilipolleces, para qué restregarles por la cara que… Se llevaría a casa un cesto repleto de muecas de desagrado y palabras llenas de desdén. 
          Eso no quita para que ella continúe en sus trece, que siga convencida de que pase lo que pase, sus pronósticos no fallan. Aunque a ellos les duela, ella siempre tiene la razón de su lado. También ahora, que sabe muy bien que se muere. No le hace faltan pruebas. Se está muriendo. Pero, por esta vez, dejará que los demás piensen que está equivocada.   






© Yolanda Delgado Batista. 2014
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