La mayoría de los escritores geniales suelen protagonizar vidas extraordinarias, incluso la muerte se convierte en el último capítulo de su legado literario.

            Una tarde de invierno, en un bosque a las afueras de San Petersburgo, dos hombres se separan diez pasos de distancia y se apuntan con pistolas relucientes. El barón Georges H. d’Anthès disparó primero. La bala atravesó el estómago de su contricante.  Alexsander Pushkin se desplomó sobre la nieve. Los padrinos transportaron al poeta en trineo hasta su casa. Uno de los médicos confirmó que Pushkin no sobreviviría. “Es el final. Me voy. Apenas puedo respirar. Me estoy ahogando”,  les dijo el poeta a sus amigos Zhukovski e Ivan Turgéniev. Tras 48 horas de agonía, el 29 de diciembre de 1837, el poeta de Rusia cerraba los ojos para siempre.
            Durante los 6 últimos años de su vida, Alexander Pushkin (1799-1837) atravesó un periodo de una fuerte tensión emocional.  Él quiso ser por encima de todo un poeta libre, y este ansia de rebeldía le granjeó periodos de exilio, muchos enemigos y una incómoda relación con el zar Nicolas I. “¿A quién deberíamos servir al pueblo o al Estado?/ Al poeta no le importa―así que dejemos que esperen“. 

            Pequeño, moreno de piel y de pelo ensortijado, muy alejado de los cánones de belleza rusa, Alexander Pushkin nació en Moscú el 6 de junio de 1799. Su padre procedía de una familia noble venida a menos y su exótica madre era descendiente de un esclavo abisinio que pasó de criado de librea a almirante de la flota rusa bajo el zar Pedro I el Grande. El niño y joven Pushkin estuvo desde el principio familiarizado con la literatura, sobre todo con los autores franceses que reposaban en la biblioteca particular de su padre. Su tío paterno, Vasili Pushkin era un poeta bastante conocido en su tiempo. Según la costumbre de la aristocracia, el niño Pushkin tuvo preceptores franceses que le enseñaron la lengua francesa antes que el ruso. Menos mal que su niñera se esmeró para que también aprendiera el folklore y el idioma de su país.
           Tuvo siempre un carácter inquieto, mordaz, orgulloso, y ya de adulto fue un Don Juan sin remedio. Ávido lector y muy viajero, regresó a Rusia influido por las ideas liberales que soplaban en Europa que nada tenían que ver con el sistema absolutista del férreo Nicolás I, quien se regía por un único eslogan: “Ortodoxia. Autocracia. Nación”
            Su matrimonio en 1831 con Natalia Goncharova se recibió con alivio. Por fin l’enfant terrible sentaría la cabeza. Pero su esposa era una tentación irresistible, incluido para el propio zar.  Y por muy Romanov que fuera el rey, Pushkin era un esposo celoso.
            Fundó la revista El contemporáneo pensando que de esta manera podría ganar dinero, independizarse de la corte y apartar a su querida esposa de la mirada lasciva de los nobles.  Sin embargo, la realidad fue decepcionante, sus ingresos eran escasos, y además, el zar, además de ejercer su profesión regia, vigilaba de cerca la pluma de sus escritores, sobre todo la de Pushkin a quien apenas dejaba publicar. El alma del artista pertenecía al gobierno: al suyo.  
            Agobiado por las deudas tuvo que aceptar del rey el humillante cargo de ayudante de cámara, que le obligaba, entre otras cosas, a asistir acompañado de Natalia a los bailes que se organizaban en palacio.  Fu entonces cuando recibió una carta anónima en la que se le informaba que una supuesta Orden de cornudos tenía el honor de nombrarle ayudante y cronista  oficial.  El culpable de su honor mancillado sólo podía tener un nombre: GeorgesCharles de Heeckeren d’Anthès, un petimetre que además de ser su cuñado y de pretender a Natalia, ¡era francés! (aún coleaba en la memoria colectiva que un tal Napoleón había querido conquistar Rusia).  
N.N. Pushkin (1831-1832), por A.P. Bryulov

            Y al igual que Pushkin imaginara en la ficción el fatal desenlace del poeta Lenski a manos de Eugene Oneguin por una cuestión de faldas, diez años más tarde, el padre de las letras modernas rusas y un militar francés “prepararon a sangre fría su perdición mutua”.
            La noticia de su muerte congregó a una multitud frente a la casa del poeta. El zar ordenó protección policial en el domicilio y ocultó los planes de su funeral, temiendo que se organizara una revuelta. Pushkin fue enterrado con nocturnidad, alevosía y a toda prisa en el monasterio de  Sviatogorsk. 

            No hubo artículos en los diarios,  sólo el periodista y editor, Andrei Kraevsky se atrevió a publicar en el periódico de los veteranos de guerra su necrológica: “¡El Sol de nuestra poesía se ha apagado! Pushkin está muerto. Ha muerto en la flor de la vida, en lo mejor del viaje… ¡Pushkin! Nuestro poeta. La gloria de nuestra Nación. … ¿Será verdad que ya no estará entre nosotros? Aún no podemos hacernos a la idea”. 



Anécdota inventada por la que firma
Decía Nabokov que Pushkin era para un ruso algo inevitable, algo así como la tabla de multiplicar.
Precisamente a nuestro joven poeta nunca se le dieron bien las Matemáticas, tampoco puso nunca puso demasiado empeño. En el liceo de San Petersburgo, el colegio pijo para los chicos de palacio, el profesor de ciencias exactas solía sacar al joven Pushkin al encerado, aparentemente para que resolviera algún problema; en el fondo, para practicar con su bolígrafo rojo un guarismo particular. Estas ocasiones resultaban ser un momento divertido para el resto de la clase, en los que Alexander demostraba ser un caradura formidable.  
         – Puede decirme, Sr. Pushkin,  por tanto el resultado, solicitaba el docente. 
         – Cero, señor, como siempre, contestaba Pushkin. 
          El profesor admiraba en secreto la desfachatez de aquel pupilo, aunque su ceño y su voz afirmaran lo contrario. 
         – A su pupitre, jovencito. Y siga componiendo versos, supongo que no tendrá dudas cuando vea su cero en el boletín de notas…

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