El año pasado, por marzo, Gabriel García Márquez cumplía 85 años. El cartero le llevó a su casa de México una saca a rebosar de cartas de felicitación con remites de personas de todas partes del mundo, desde su ciudad natal, Aracataca hasta Rusia.  El presidente ruso, entonces Dmitri Medvédev, le hizo llegar una felicitación personal de su país con la concesión de la Orden de Honor por su “contribución al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos de Rusia y América Latina”. Este galardón inauguró oficialmente “El año de Gabriel García Márquez en Rusia”  al que se sumaron entre otras instituciones, el Instituto Cervantes; y para el que se organizaron múltiples actos con los que festejar la prosa, la magia, el color y la música de las letras del Premio Nobel de Literatura de 1982.

Y es que después de El Quijotelas obras en castellano más conocidas en Rusia son La hojarasca y Cien años de soledad.  Esta última entró en el mundo on-line gracias a su amiga, y agente literaria, Carmen Balcells. Ella quiso hacerle ese regalo.  Cien años de soledad ha conquistado la Torre de Babel en 35 lenguas diferentes, ha roto los tops de ventas con más de 20 millones de ejemplares; y ahora rebasa la barrera del s. XXI adaptándose a las nuevas tecnologías.  
García Márquez bien podría haber nacido en la patria de Pushkin y Tolstói.  Por la ironía de su estilo, podría haber hecho buenas migas con Chéjov o con  Bulgákov. Su Macondo bien podría estar ahora sepultada bajo la primavera rusa, y los Buendía podrían haberse llamado Bogdánov.  Imagino al patriarca con los bolcheviques exigiendo la devolución del poder al pueblo, pues él siempre tuvo alma de revolucionario, también cuando recogió el Nobel vestido con un impecable liqui liqui, en vez del frac impuesto por el protocolo de la Academia sueca.  Pero al igual que ocurriera con muchos artistas rusos,  Gabo hubiera barruntado que la revolución era la Crónica de una muerte anunciada. Hubiera acabado marchándose a París, o a México, con los bolsillos cargados de decepciones y enemistades. Ese exilio, como tantos exilios, son una fuerza huracanada para un artista. No hay motor más poderoso que abandonar el corazón allí donde uno abrió los ojos al mundo por primera vez, donde aún “el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.  Esto le ocurrió a Chagall con los colores y las personas de Vibstek.  El mundo literario de García Márquez podría contenerse dentro de un cuadro onírico de Chagall.  Gabo soñaba, incluso una vez soñó con su entierro. Ahora está sentado sobre el tejado de una de las casuchas de Macondo, viendo pasar su cortejo fúnebre. 
 Él es como El violinista de Chagall, el que sujeta el violín amarillo brillante, el color de sus flores,  el color de la nostalgia que empañaba sus ojos. Sobre el tejado con su violín amarillo-melancolía, Gabriel García Márquez interpreta una pieza de Corelli, la música que escuchaba -lo cuenta en sus memorias Vivir para contarla–  mientras componía la música de Cien años de soledad, su paraíso de supersticiones y de fantasmas. Un pueblo de calles sin asfaltar donde todo es posible, “una aldea de veinte casas de barro y cañabrava” que ha quedado impresionada en la retina de todos los lectores del mundo, los que un año atrás, desde Arataca hasta Rusia, le enviaban felicitaciones de cumpleaños.  Gabo ya no está.

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