“El poeta”.






“Me llamo Marc, tengo espíritu sensible y nada de dinero, pero dicen que tengo talento.”  










A los trece años copió un retrato de Rubinstein que vio en la revista Niva, algo reprochable en un judío cuya religión prohíbe la representación de la figura humana. 
La naturaleza inquieta de Chagall consiguió que su madre lo inscribiera en la escuela de arte de su pequeña ciudad. El mayor de ocho hermanos era consciente de la condición humilde de su familia. Su padre, Zakhar, trabajaba como peón para un comerciante de arenques. “Todo me parecía misterioso y triste en mi padre. Imagen inalcanzable”, podemos leer en su autobiografía. Su madre, hija mayor de un carnicero, era sin embargo una mujer vitalista que estuvo muy unida a su hijo y de quien Chagall recibió un apoyo incondicional en su vocación artística. Feyga-Ita tuvo con Chagall un parto muy complicado. Él confiesa que recuerda en el momento de su nacimiento, lo cuenta en Mi vida: “Pero, ante todo, yo nací muerto.” Pero el niño superó el color de la muerte y sus ojos se abrieron el 7 de julio de 1887 en Vitebsk, una pequeña ciudad de la actual Bielorrusia.

       Vitebsk fue una constante en sus obras, al lugar de su infancia regresaba una y otra vez en su imaginación y en sus cuadros. Casas de madera con pequeños jardines y un corral para las aves. Calles sin asfaltar, que en invierno se congelaban y en verano se llenaban de agua. La familia, la comunidad judía, y sobre todo la calle, el gran escenario de la vida. Todo ocurría allí, en los pequeños jardines de las casas con sus escuetos corrales de gallos y gallinas. La vida en el pueblo, los nacimientos, las nupcias, los entierros, las fiestas tradicionales; cualquier acontecimiento se vivía en comunidad. Marc Chagall vivía inmerso en una cultura espiritual y simbólica tan enraizada en la personalidad de Rusia.  
         En su atmósfera y en sus temas se transparenta esa unión invisible entre el hombre y el universo, la subterránea unidad entre todas las criaturas de la Tierra. “El arte me parece sobre todo un estado del alma. Las almas de todo el mundo, de todos los bípedos y de todos los extremos de la tierra son sagradas”, escribe.
         La energía de la vida de su pueblo, la magia que la envuelve, el pintor la concentra en su paleta de colores con una intención poética que juegan en el paraíso de su infancia. Ángeles, novias, cabras, vacas, tejados, gallos, músicos, yeguas y mujeres preñadas…Ellos flotan, mientras lo visible y lo invisible se narran al mismo tiempo en sus lienzos. 
La pintura de Chagall está llena de cuentos.



El violinista es un personaje inseparable de su obra y de su vida. Él intentó aprender. Uno de sus tíos tocaba el violín en todas las celebraciones judías. Chagall también nos cuenta que uno de sus abuelos tenía la excentricidad de sentarse en el tejado de su casa. Así lo sorprendió muchas veces su nieto que algún día sería artista.  “Cada sábado el tío Neuch se ponía un taled cualquiera, y leía la Biblia en voz alta. Tocaba el violín, como un zapatero. El abuelo le escuchaba y soñaba. Tan solo Rembrandt hubiera sabido lo que pensaba el viejo abuelo, carnicero, comerciante, cantor, mientras su hijo tocaba el violín en la ventana, delante de los cristales sucios, recubiertos de gotas de lluvia y huellas de dedos.” Ante estos recuerdos uno cabe imaginarse que Chagall fundiera  a ambos parientes  en un único personaje dotándolo de un estatus angelical, que suspendido en el aire sobre los tejados de las casas, toca en su violín la melodía de la felicidad o el dolor que sienten los habitantes de su comunidad, como si fuera el violinista fuese  el único que supiera desde allá arriba el destino que depara a los hombres.









 Marc Chagall es un artista que está en contacto con la vida, con el alma del pueblo ruso y con el color de su iconografía. Se comprometió con la Revolución y entre 1918 y 1919 dirigió la Academia de Arte de Vibsteck hasta que perdió su trabajo. Entonces se trasladó a Moscú para trabajar en el Teatro Judío Estatal de Moscú a cargo de la escenografía y el vestuario de  obras como las del escritor Sholem Aleichem.  
En 1922, al igual que muchos intelectuales desencantados con el transcurso de los acontecimientos políticos abandonó para siempre la URSS. Vivió primero en Berlín, y un año más tarde con su esposa Bella y su hija Ida, se estableció en París. El avance nazi en Francia durante la II Guerra Mundial lo dirigen a Estados Unidos. Vivirá en Nueva York entre 1941 y 1948. Tras este paréntesis, regresaría a Francia donde vivió hasta los 97. Murió el 28 de marzo de 1985 y fue enterrado en el pueblo de Saint-Paul de Vence (cerca de Niza).

Soledad, 1933. Colección Museo de Arte de Tel Aviv. Regalo del artista en 1953


Su mundo onírico, mágico, poético… el adjetivo que a cada uno le sugiera cada uno de sus cuadros, continúa siendo un referente del arte del s.XX, inconfundible e irrepetible. Él escapaba de cualquier encasillamiento, no le interesaban los “ismos” salvo para asimilar aquello que le ayudara a expresar lo que tenía que contar en su pintura. Él era un buscador nato con alma de niño. Probaba técnicas y especialidades artísticas para descubrir el poder expresivo de aquellas. Experimentó con la escultura, el aguafuerte; creó vidrieras, y probó con la cerámica; ilustró libros (las Fábulas de La Fontaine, la Biblia, Las almas muertas, de Gógol), pintó el mural y numerosos decorados para el Teatro Judío de Moscú, redecoró los techos de la Ópera de París, y pintó dos murales en el Metropolitan Ópera House de Nueva York.

El musical de Broadway El violinista en el Tejado tiene relación con Rusia y con Chagall. El argumento es el resultado de la adaptación de tres historias escritas por su compatriota Sholem Aleichem donde se narra la vida de una comunidad judía en la Rusia pre-revolucionaria. Los escenógrafos se inspiraron en el universo pictórico del artista, tanto de sus cuadros, como del mural que pintó en 1920 en el Teatro Judío de Moscú donde se contemplan las cuatro Artes: la música, la literatura, la danza y el teatro. Y cómo no podía ser de otra manera, la música está representada por un violinista con el rostro verde encaramado a un tejado. El musical se estrenó en septiembre de 1964 y tuvo un enorme éxito. Chagall fue invitado a ver el espectáculo, pero declinó la oferta por considerar el género, una forma de arte vacío. En 1971, Norman Jewison dirigió la versión cinematográfica manteniendo la misma estética teatral. Al año siguiente, El violinista en el Tejado recibió ocho nominaciones y consiguió tres estatuillas de Hollywood.

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