VALLE DE LILAS 1898

Peter Carl Fabergé fue el orfebre y joyero ruso que convirtió los huevos de Pascua en una cuestión de arte.

          La Casa Fabergé está íntimamente ligada a la familia Romanov. Gustav Faberge se trasladó de Estonia a San Petersburgo para aprender el oficio de orfebre. Trabajó durante un tiempo con Andreas Spiegel y más tarde con Keibel, célebre orfebre y joyero de los zares. En 1842 terminado su etapa de formación Gustav se cambió el apellido por Fabergé, considerando que le daba más estilo. Se casó con Charlotte Jungste y abrió una tienda en Bolshaya Morskaya, la calle más comercial de San Petersburgo. El 30 de mayo de 1846 nació su primer hijo, el futuro joyero de los zares, Peter Carl Fabergé.  Cuando cumplió los 28 años Peter hizo una gira por Europa y aprendió técnicas de joyería en Alemania, Francia, Italia e Inglaterra. A su regreso a San Petersburgo, la Casa Fabergé comenzó a restaurar piezas de arte de las colecciones del Hermitage. A partir de 1882, Peter Carl tomó la dirección de la firma. Se convirtió en un destacado profesional por sus trabajos con piedras preciosas y semipreciosas engarzadas, y metales en los que intercalaba las influencias de distintos estilos como el oriental, el ruso antiguo o el barroco. Ese mismo año participó con algunos diseños propios en la Exposición Panrusa de Moscú donde obtuvo la medalla de oro. Esto llamó la atención del Zar Alejandro III quien para la Pascua del año siguiente le encargó la realización de un huevo para obsequiar a su esposa, María Fiodorovna. El diseño consistió en un huevo con cáscara de platino que contenía dentro, uno más pequeño de oro que al abrirse, descubría una diminuta gallina de oro. El regalo fue tan elogiado por la zarina que a partir de entonces Alejandro III encargó a Fabergé cada Pascua un nuevo huevo. Una costumbre que existía en Europa desde el siglo XVI. Se regala como símbolo y deseo de larga vida. Su forma ovoidal representa la eternidad. Además el huevo significa el ciclo de la vida y su frágil cascarón recuerda la fragilidad de la misma. La preparación de huevos de Pascua refinadamente decorados fue una tradición y también un antiguo oficio en Rusia mucho antes de la elaboración de los huevos de Fabergé, aunque fue él quien llevó esta artesanía a un nivel superior de belleza y refinamiento.
Retrato de María Fiodorovna
          Al morir el emperador, su hijo y sucesor Nicolás II continuó con la tradición. Cada Domingo de Pascua obsequiaba a su madre con uno de aquellos objetos de arte de Fabergé, y regalaba otro distinto a su esposa, Alejandra Fiodorovna. En el más absoluto secretismo, Fabergé construyó huevos que en su interior siempre contenían una extraordinaria sorpresa: miniaturas de pájaros, coronas reales, retratos de la familia del zar, cajas de música, portarretratos, juguetes, maquetas desarmables, relojes o naves imperiales… que se mantenían a la espera, en el corazón de las piezas preciosas, algunas activadas incluso de forma automática. Para su fabricación utilizó técnicas como el grabado  “guilloché”, con el que reproducía figuras repetitivas,  combinado con metales y piedras preciosas, como el jaspe, cristal de roca, ágata, o jaspe,  que imitaban los colores de la naturaleza simulando flores y plantas, insectos, pájaros o ranas interpretados al estilo Art Nouveau, predominante en aquella época. Fabergé logró pequeñas obras de arte que reproducían al máximo los detalles.
          Fabergé llegó a ser nombrado orfebre y joyero de la corte imperial rusa y de otras monarquías europeas.  Su joyería se convirtió en  la mayor de Rusia con 500 empleados distribuidos en todas sus filiales: San Petersburgo, Moscú, Odessa, Kiev y Londres. Entre 1882 y 1917 produjeron unos 150.000 objetos de arte. Pero la Revolución acabó con la firma. La joyería fue tomada por los bolcheviques en 1917 y se cerró en noviembre de 1918. Peter Carl escapó de Rusia con el apoyo de la embajada británica a través de Finlandia, Letonia y Alemania, hasta Suiza donde murió en septiembre de 1920.
Primera tienda en San Petersburgo.
          Actualmente, de los 50 huevos imperiales de Fabergé, sólo se conoce el paradero de 42. Según el registro facilitado por la firma: 9 se encuentran en el Museo de la Armería del Kremlin, 10 en la colección particular del ruso Víctor Vekselberg, quien compró estos objetos y una colección de 180 joyas Fabergé a la familia Forbes. 5 en el Museo de arte del Estado de Virginia en Estados Unidos; 3 en la colección de la Reina Isabel de Inglaterra; 1 en la colección del Príncipe Alberto de Mónaco;  3 en el Museo de Nueva Orleans y 6 repartidos en museos de Suiza, Washington, Baltimore, Cleveland y Qatar. El resto, pertenecen a colecciones privadas.
Ricos y famosos
          La fama de la Casa Fabergé se extendió no sólo entre la flor y nata de la sociedad moscovita y de San Petersburgo, sino por todo el mundo. Entre los más notables clientes se encontraba la familia Kelh, dueño de minas de oro en Siberia para quien Fabergé hizo siete huevos de Pascua. Otros célebres fueron: los Rothschild, el célebre científico Alfred Nobel, el industrial estadounidense Henry Walters, quien navegó en su yate por el río Neva, con la esperanza de conseguir una audiencia con Peter Carl Fabergé. La duquesa de Marlborough, el banquero y el gran coleccionista, JP Morgan.  La lista de entusiastas exóticos la encabezaban: el marajá de Bikanir, que era cliente habitual y entusiasta de Fabergé, Aga Khan, el emir de Bukhara, el Jedive de Egipto, el rey de Abisinia y el emperador de China. En 1904, Peter Carl Fabergé fue invitado a visitar el rey Chulalongkorn de Siam.

          El encanto y su leyenda continuaron a través del siglo XX, y  las joyas de Fabergé fue ganando fuerza para una clientela de celebridades, incluyendo a Elizabeth Taylor y Richard Burton, y a uno de los más poderosos coleccionistas: Malcolm Forbes.

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