Lycaeicides melissa samuelis Nabokov
Todos los hombres desdichados son más o menos parecidos; todos los hombres felices son más o menos diferentes y  Vladimir Vladimirovich Nabokov perteneció a esta segunda especie.

           

 
Un periodista del New York Times viajó hasta la ciudad suiza de Montreaux para entrevistar a Nabokov en el hotel donde residía con su esposa Véra desde que abandonaran Estados Unidos, país donde vivió más de 20 años. En aquel  momento, el escritor tenía 72 años. La “nínfula” de Humbert Humbert le había lanzado al éxito, pero también le cerró las puertas al Nobel. En Suiza, Nabokov se reencontró con el paraíso ruso de su infancia. Los lagos, las montañas, su adorada Véra (su leal colaboradora) y su hijo Dmitri, quien por entonces vivía en Milán, le bastaban para dedicarse en cuerpo y alma a sus dos pasiones: escribir y coleccionar mariposas. En aquella entrevista, Aldem Whitman le preguntó si su vida se parecía en algo a la que había imaginado de joven, a lo que él contestó: “Mi vida hasta ahora ha superado espléndidamente las ambiciones de la niñez y la juventud.  En la primera década de nuestro siglo decadente, durante los viajes con mi familia al sur de Europa, a la hora de dormir me imaginaba en sueños lo que sería convertirse en un exiliado que anhelaba desde la distancia, triste (y aquí viene otro epíteto) inextinguible Rusia, los exóticos bosques de eucaliptos. Lenin y su policía colaboraron de manera eficaz con la realización de aquella fantasía. A la edad de 12 mi sueño más anhelado era visitar el Karakorum en busca de mariposas. Veinticinco años más tarde me envié con éxito a mí mismo, como padre de mi protagonista (ver mi novela La dádiva) para explorar, cazamariposas en mano, las montañas de Asia Central. A los 15 años me visualizaba como un escritor de fama mundial de 70 años con una ondulada cabellera gris. Hoy estoy prácticamente calvo.” (Opiniones contundentes, 1973).


 

La felicidad que experimentó en su infancia recién estrenada, Nabokov la preservaría como un tesoro. Proyectó aquella dicha una y otra vez en los espejos de sus novelas. Allí encontraremos los colores primigenios que su madre, Elena Ivanovna, le enseñó a mirar con detalle como si temiera que aquel Edén fuera a desvanecerse algún día, tal y como sucedió. Con 20 años Vladimir abandonó Rusia y se despidió de su primer amor. Ese exilio precipitado y la pérdida del amor fueron su herida y el leitmotif de su literatura. En 1919, la familia Nabokov se instaló en Berlín, mientras Vladimir y su hermano Serguey (cuya muerte inspiró su primera novela escrita en inglés, La verdadera vida de Sebastián Knight) viajaban a Inglaterra para estudiar Filología rusa y francesa en la Universidad de Cambridge. Su padre murió de un disparo en un atentado perpetrado por un ruso extremista en Berlín. Vladimir Dmietrievich fue un intelectual y uno de los fundadores del partido democrático constitucional, contrario a la Revolución de 1917. En el exilio dirigió un diario de corte liberal, Rul, en el que su hijo publicó sus poemas y relatos.


Ficha de trabajo de “Lolita”. Library of Congress.
 
 
Primero en Berlín, y más tarde en París, el autor de Risa en la oscuridad (1933) escribió ocho novelas en ruso ambientadas en la ciudad alemana, a excepción de Máshenka (1926).  Vladimir escribía sin parar mientras ganaba algún dinero como extra de cine, de recoge pelotas o confeccionando una gramática rusa donde el primer ejercicio tenía la siguiente frase: “Señora, ha llegado el doctor. He aquí una banana.”
            Pero retrocedamos en el tiempo, es necesario para entender la personalidad y la obra de un escritor excepcional. Vladimir Nabokov, el primogénito de cinco hijos, nació en el seno de una familia aristocrática de San Petersburgo el mismo día que Shakespeare, el 23 de abril, pero de 1899.  Se educó bajo la mirada de institutrices extranjeras, que con el tiempo fueron cediendo el paso a otros preceptores varones. Los Nabokov disfrutaban los veranos en Vyra, a escasos kilómetros de la capital del imperio, en una casa grande con numerosos retretes. Cuenta en Habla, Memoria (1951), que encerrado en uno de aquellos retretes compuso sus poemas (los que leyó la poetisa Zinaida Hippius, quien a través del padre de Nabokov le envió un mensaje aterrador: “dígale a su hijo que nunca será escritor”).  Los otoños transcurrían en las playas del Adriático, Niza o Biarritz; y los inviernos, en su domicilio de San Petersburgo. Vladimir fue el niño mimado. Su padre, le enseñó a utilizar el florete, a jugar al tenis y a dar derechazos con los guantes de boxeo. De él heredó su afición al ajedrez, y por encima de todo, el amor a la literatura y a los lepidópteros. En pantalones cortos, aprendió todos los sustantivos y los verbos en tres idiomas (inglés, ruso y francés). Las palabras con las que ya convertido en escritor, jugaría a su antojo para construir ambiciosas “mentiras perfectas” que todavía hechizan al lector que cae en su redes.
 
Vladimir Nabokov (1977). Library of Congress.
 
            Su carácter individualista fue incompatible con cualquier grupo, ni siquiera en su etapa escolar. Aquel niño que escribía redacciones salpicadas de “palabras extranjeras”, y que no participaba en los juegos, no podía caer bien ni a sus compañeros, ni a los profesores de la Escuela Tenishev. A los 11 años, Vladimir Nabokov se dio cuenta de que difícilmente “encajaría en ningún cuadro”, pero en lugar de dramatizar, convirtió su aislamiento en un valor positivo. Ya de adulto continuó siendo un “manso solitario”, sin apenas contacto con el resto de escritores. Nunca sabremos cuánta verdad había detrás de aquel orgullo que tanto sufrieron los periodistas, a quienes les exigía que las preguntas de las entrevistas se le enviaran por escrito para contestarlas de la misma forma, previa advertencia de cómo debían componer el texto final y la obligación de recibir una autorización antes de ser publicadas. Vivian Darkbloom (ese era su anagrama) aseguraba que le importaban un bledo las críticas, pero su ira se dejaba oír desde la cima de las montañas suizas cuando algún crítico no interpretaba “correctamente” su obra. Y es que el ruso tenía la lengua tan larga como la trompa de la mariposa de alas color cian (una de las muchas que descubrió) que lleva su nombre. En Estados Unidos, los universitarios de Wellesley y Cornell escuchaban entre estupefactos y divertidos aquellos exabruptos del catedrático Nabokov (sus lecciones están publicadas) contra la obra de Dostoievski, Thomas Mann, Hemingway, Faulkner o Pasternak. Aunque para ser del todo justos, el autor de Ada y Pálido Fuego tenía en su altar varios santos laicos: Tólstoi, Chéjov, Bely, Proust, Joyce y Kafka.
 
Nabokov y Véra: el tándem perfecto.
 
 

 

            Hay mucho que decir de este personaje extraordinario que llegó a los 78 años vestido con pantalones cortos, que había memorizado diálogos enteros de los Hermanos Marx, que despreciaba a Freud, que no sabía conducir, y escribía con lápiz y de pie frente a un atril. Hay mucho que contar de quien disfrutaba su aperitivo con una copita de Tío Pepe (nunca vodka) y unas almendras fritas; que por las tardes jugaba con Véra al ajedrez o al Scrabble ruso, y cuyo mayor dilema a las once de la noche era: tomar o no tomar un somnífero. Hay mucho que contar de aquel grandullón que hablaba con la torpeza de un niño (de ahí su manía de escribirlo todo), pero yo les invito a que lean sus novelas y rían con ellas. Nabokov reivindicaba la carcajada por encima del dolor, pretendía que sus lectores ejercitaran los músculos de la risa, esa que nace en el vientre y oxigena el cerebro. Y aunque la tristeza no pueda esquivarse, para Vladimir Nabokov la vida era “una rebanada de pan fresco con manteca y miel alpina” que había que disfrutar. Él lo consiguió hasta que le llegó su final: un 2 de julio de 1977.   
 
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