El desierto fue el paisaje de su infancia,  forjaría en él una rebeldía indomable con la que encarar el mundo.

Edmond Jabés nació en 1912 en El Cairo. En 1952 los judíos fueron expulsados de Egipto, y Jabés con cuarenta años, se trasladó a París, ciudad en la que había cursado sus estudios universitarios. Allí recibió la protección de su amigo y poeta Max Jacob, vinculado al surrealismo, movimiento con el que Jabés no llegaría a congeniar. Quizás porque llevaba el desierto dentro, quizás porque tuvo que convivir con su condición de exilado, Edmond Jabés buscó retirarse del mundo para crear, para entonar un grito personal en el desierto de la página en blanco.

Su poesía, su prosa poética, el conjunto de sus obras reflejan una ausencia descarnada de la autocompasión.  Su inconformismo lo volcará ahondando  en la existencia, y su sentido, y sobre esto escribirá hasta el final de sus días. La escritura nos conduce por caminos inciertos, porque “escribir es enfrentarse a un espejo desconocido”, y Jabés se miró en ese espejo y en vez de respuestas, los bolsillos se le llenaron de preguntas, pesadas como pedruscos,  y él fue escribiéndolas, escribiéndose a trompicones en “El libro de las preguntas”. Yo soy piedra sin nombre. Mi nombres está en mi claridad viva, interna.

Escrito  a martillazos, como si se tratara de un diario interrumpido y desordenado como es la vida, el libro recoge sentencias, diálogos, donde también escucharemos la voz de los rabinos, y el amor de Sara y Yunkel; oiremos el dolor del Holocausto y el silencio que aúlla  entre las dunas.

Toda la obra de Edmond Jabés puede y debe ser leída como un libro único: El umbral y la arenaEl libro de las semejanzas, y éste que nos ocupa, El libro de las preguntas, todos van esculpiéndose poco a poco, sin prisa, sin buscar una forma concreta porque el orden se lee innecesario. Lo que importa es el rumor o el silencio, el sonido de la verdad en el viento, su latir en aquel océano de arena fuera el que hilara las frases, los diálogos, y sobre todo las preguntas.

Edmond Jabés escribe porque el libro es su universo, su país, su techo y su enigma, donde las palabras poseen una dimensión de trascendencia y de revelación que Jabés supo preservar y explorar. Desnuda las palabras hasta tocarles el alma, las nombra de nuevo como un dios, las bautiza y las estrena como un niño.

Jabés oye verdades en el rumor del desierto. En el paisaje de su niñez, las palabras son el maná de su exilio; florecen como rosas.

“¿Dónde está el camino? Siempre hay que encontrarlo. Una hoja en blanco está llena de caminos.”

 

 

El Libro de las preguntas. Edmond Jabés. Prólogo; Francisco Jarauta. Traductores: José Martín Arancibia y Julia Escobar. Ed. Siruela.

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