Sí, Mapa dibujado por un espía (Calaxia Gutenberg, 2013) es una obra distinta. Caín (así firmaba sus artículos) no juega con la palabras, no hay risa, no hay cine ni sardinas, el racionamiento del hambre se calma con arroz y frijoles. Los sonidos calientes de la música afro caribeña han enmudecido en una ciudad que se cae a pedazos. En este fragmento autobiográfico suena de fondo la pavana triste de Fauré acompañada de los versos de Verlaine: ¡Adiós, pues, y buenos días a los tiranos de nuestros corazones!  
          En 1965, Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 22 de abril de 1929-Londres 21 de febrero de 2005) viajaría desde Bruselas a La Habana a visitar a Zoila, su madre, que está grave. Sin embargo, cuando llega su madre ya ha fallecido:
CAPILLA C
Zoila Infante
Era su primer encuentro con la realidad de la muerte de su madre al verla en la fría objetividad de la letra impresa.

          Una semana después, el escritor y agregado cultural en Bélgica prepara el regreso a Bruselas esta vez acompañado por sus dos hijas. Antes, visita a su jefe, el ministro de Relaciones Exteriores, quien le confirma su puesto como máximo representante en la Embajada de Bélgica. En el momento de embarcar al avión, una llamada truncará su partida. Según su interlocutor, debe presentarse al día siguiente de nuevo en el ministerio.


          Dará comienzo entonces un viaje kafkiano para el escritor, laberíntico como los grabados de Escher; de escaleras elípticas, corredores ministeriales, citas pospuestas a última hora, y el silencio como única respuesta. Ese silencio que con tanta efectividad se maneja en los estados totalitarios para desarmar al contrario. El silencio desestabiliza, bloquea, atemoriza, enloquece, de ejemplos está lleno la historia.  Esa mudez siempre es portadora de malas noticias. Ni Guillermo, ni su hermano Sabá (también funcionario destinado en Madrid) podrán salir de Cuba. Esa es la orden. Eso es todo. 
          Durante ese cautiverio oficioso de cuatro meses, Cabrera Infante verá quebrada definitivamente su confianza en los principios revolucionarios. Esa decepción la mantiene salvaguardada en algún rincón recóndito de su memoria. Bajo ningún concepto, se jura a sí mismo, sus opiniones pueden atravesar el punto del lenguaje. La sombra de El Gran Hermano es alargada en La Habana. Tendrá tiempo para comprobar por sí mismo que aquel sueño que prometía una Cuba para el pueblo, hace aguas por todas partes:
…Estaba en su país pero de alguna manera su país no era su país: una mutación imperceptible había cambiado las gentes y las cosas por sus semejantes al revés: ahí estaban todos ellos pero ellos no eran ellos, Cuba no era Cuba. (157)
La excusa del bloqueo explicaba la ausencia de automóviles o de aparatos de radio, no podía explicar la escasez general de alimentos que antes el país no sólo producía lo suficiente sino que llegaba a exportarlos. Se dio cuenta de que este pensamiento, de ser expresado de viva voz sería tildado enseguida de contrarrevolucionario … (160)

          Este libro es la confesión de un hombre desencantado, hondamente dolido, ha comprobado por sí mismo que la gente vive sin medios y sin voz. No hay alimentos, no hay medios en sanidad, se vive en la miseria.  A los jóvenes se les invita un día a plantar caña de azúcar para después de nuevo reclutarlos “voluntariamente” para que limpien el campo que un mes atrás habían sembrado. Nadie se queja. El miedo acampa a sus anchas.
Portada “Lunes de Revolución”.


          En este viaje real de regreso a una Ítaca destruida, Guillermo mantiene el contacto con los artistas e intelectuales que conocía de su época como director del semanario Lunes de Revolución que en un momento dado se convirtió en una publicación molesta para el gobierno castrista y la cerró de una manera rocambolesca; se cuenta en este libro. En sus páginas colaboraron intelectuales nacionales (Carlos Franqui, Virgilio Pereira, Lezama Lima, Alejo Carpentier, Carlos Arrufat, Severo Sarduy, entre otros) e internacionales (Borges, Carlos Fuentes, Graham Greene,  Vladimir Nabokov, Picasso, Sartre..).  La cultura ha sido sometida. Los intelectuales homosexuales son perseguidos, el cine, el teatro y los libros son censurados. En fin, el lector podrá constatar por sí mismo, contado por Cabrera Infante como Castro siguió al pie de la tetra el manual estalinista de “gestión cultural”.

Guillermo y Miríam Gómez.


          Guillermo logrará escapar de esa pesadilla en la que se ha convertido la isla, logrará subir al avión con sus dos hijas rumbo a Bélgica para reunirse con Miriam Gómez, su compañera hasta el final de sus días. Bruselas sería la primera parada técnica de su exilio. Luego vendrían otras ciudades en las que tuvo que lidiar con más decepciones, en las que tuvo que aprender a vivir como un disidente político.  Londres sería la última estación, su última parada, pero los sones de su patria caribeña, los sonidos de su isla se soñaron para  siempre en las páginas de sus libros.
          Mapa dibujado por un espía ha sido rescatado por su mujer, Miriam Gómez y por el editor Antoni Munné tal y como fue escrito, respetando sus erratas, conservando además la brutal sinceridad de una crónica surgida de la tristeza, una huella indeleble en la vida de Guillermo aquella despedida:
          ¡Adiós, pues, y buenos días a los tiranos de nuestros corazones!  

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