Paul Cézanne (1839-1906)

          Se cuenta que cuando le presentaron a Manet dijo: “Perdone que no le de la mano, Monsieur Manet, pero hace una semana que no me la lavo.” Y es que Cézanne, orgulloso de ser provinciano, detestaba profundamente los valores de la sociedad burguesa de París que Édouard Manet representaba en sí mismo. Eran tiempos de abundancia, de ópera, cafés, dandis y cabareteras, donde la caridad era un hobby social, y el arte satisfacía la vanidad de los hombres adinerados. Pero también fue la época que produjo artistas solitarios, suicidas,  depresivos,  y misántropos, como Lautréamont, Rimbaud, Gauguin, Van Gogh y Cézanne.
          Paul Cézanne procedía de una familia adinerada de origen italiano. Su padre era banquero en la ciudad de Aix-en- Provence (a 30 kilómetros de Marsella) donde nació el pintor en 1839. Paul recibió una esmerada educación humanista. Comenzó a estudiar Derecho, estudios que abandonó para dedicarse a la pintura. En 1861, se traslada a París y en el Louvre pasará horas estudiando a los artistas clásicos. En la Academia Suiza conoce a Pisarro, quien le descubre la pintura al aire libre y los colores vivos, además de introducirle en el Café Guerbois donde contacta con la vanguardia artística, encabezada por “la pandilla de Manet”: Guillaumin, Degas, Monet, Sisley, Renoir y Pisarro, entre otros.
          En 1874, Cézanne participa en la primera exposición colectiva de los impresionistas en el estudio del fotógrafo Nadar, y en 1987 expone en otra colectiva del grupo. Sin embargo, las críticas que recibió su pintura, tildada de infantil, tosca y primitiva, provocan que el pintor se aleje para siempre de los circuitos artísticos.
          En 1886 contrae matrimonio con su compañera Hortense y se trasladan a vivir durante un tiempo a L’Estaque. Este hombre colérico, depresivo, paranoico y egocéntrico, a quien no le sobraban los amigos, rompe para siempre su relación con su amigo de la infancia, Émile Zola, cuando este publica “La obra” (1889). Novela en la que uno de sus personajes, Claude Lantier, es un pintor que lucha contra el mundo y contra sí mismo para crear una obra genial, pero que en su locura acaba suicidándose.

La montaña SainteVictoire, c. 1904
(Mount Sainte‐Victoire)
Óleo sobre lienzo. 72,2 x 92,4 cm


          Cézanne se recluye definitivamente en Aix-en-Provence en 1900, con el propósito de encontrar su propio camino. Este exilio artístico agudizará su mal carácter a los ojos de sus colegas impresionistas y el público parisino. En su taller, de manera obsesiva y metódica, se vuelca en el estudio de la forma y el color, dos elementos básicos en su pintura. Sus experimentos le llevan a descubrir que “el dibujo y el color no son diferentes. A medida que se pinta se va dibujando.” Y cuanto más exacto sea el color de lo que se pinta, con más precisión aparecerá su forma.  Este principio marcará su estilo, y esa búsqueda será incesante y agotadora en unos lienzos que no plasmarán grandes temas, ni buscarán la originalidad. La emoción quedará relegada de su pintura, pues el sentimiento es incompatible con la objetividad. El artista trabajará con ahínco,  sin alegría, buscando la riqueza interior de la naturaleza desde todos sus ángulos. En sus últimos años, un viejo y desaliñado Cézanne, a quien los chicos seguían para tirarle piedras como a un perro, se metía en su atelier para regresar una y otra vez a sus bodegones, a las escenas de bañistas, y a los paisajes de su Provenza natal, siempre con la misma sensación de fracaso por no haber logrado lo que pretendía. En sus cuadros, el pintor descubrirá que la realidad está definida por formas simples, contundentes, geométricas. La naturaleza contiene esferas, pirámides o prismas.

 Bañistas, c. 1880 (Bathers)
Óleo sobre lienzo. 34,6 x 38,1 cm
Detroit Institute of Arts. Legado de
Robert H. Tannahill           



          A raíz de su primera exposición  individual en 1895, organizada por Vollard, ya casi al final de su vida, su obra comenzó a ser valorada. La gran exposición organizada en el Salón d’Automne, en 1907 (un año después de su muerte), fue un revulsivo para las generaciones posteriores. Los jóvenes fauvistas y cubistas, lo considerarían el precursor del arte abstracto contemporáneo. “Cézanne era mi único maestro. Era el padre de todos nosotros”, reconoció Picasso.

          A aquella exposición póstuma se acercó por casualidad el poeta Rainer Maria Rilke.  La obra del pintor le causó tal impresión que después la visitaría todos los días, y le relataría a su mujer, Clara Westhoff, en diferentes cartas, aspectos sobre la vida y el arte del pintor. En sus Cartas sobre Cézanne escribe: “Cuanta pobreza tienen en él todos sus objetos: las manzanas, son todas manzanas de cocina y las botellas de vino parecen hechas para los bolsillos deformados, agrandados de abrigos viejos.”


El aparador, 1877‐1879 (The Buffet)
Óleo sobre lienzo. 65,5 x 81 cm
Szépmüvészeti Múzeum, Budapest
          Paul Cézanne, a quien los chiquillos le lanzaban piedras, continuó trabajando hasta la extenuación. Como describió Rilke, hasta que “la muerte le agarró la mano y trazó ella la última pincelada temblando de alegría”. 




Anuncios