(…)Me han comentado cientos de veces que mi padre era un latino verdaderamente impresionante. Con mucho savoir-faire, joie de vivre y todo lo demás. Ellos estaban profundamente e irrevocablemente enamorados hasta que Joana y yo lo echamos todo a perder. Mi madre no quiere que me sienta rechazada, pero tampoco quiere sentirse ella rechazada, así que dice que yo armaba mucho ruido y lloraba todas y cada una de las noches. Luego Joana fue la maldición definitiva porque quería teta todo el día y toda la noche. “…Una esposa –decía mi padre– es una magnífica amante hasta que llegan los niños. Entonces…” Lo decía en francés, y siempre dejaba la frase colgada. Pero cada vez que yo le oía decir les enfants le tiraba los juguetes a la cabeza porque suponía que nos estaba insultando. Luego cambió y decía les filles, pero enseguida entendí que quería decir lo mismo. Le aporreábamos con ruido y juguetes, pero mi madre dice que nuestro afecto le parecía una carga insoportable, y un día no vino a cenar.

Mi madre empezó leyendo Le Monde, pero tampoco llegó a medianoche a tiempo de acostarse con ella. Al día siguiente se perdió el desyuno y el almuerzo. ¿Dónde está ahora? Mi madre dice que le mataron en la resistencia. Al cabo de dos semanas llegó una postal en la que le decía, y sigue diciéndonos cada vez que la saca para que la leamos: “Hace cinco años que sentía nostalgia de Francia. Ahora tendré que sentir nostalgia de ti el resto de mis días.” (…)

(Grace Paley. Batallas de amor. Relato: Mujeres y niñas. Anagrama, 1981)

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