Una tarde, al aterrizar en el sofá de su apartamento tras un día complicado, cayó en la cuenta. El matrimonio había sido el primer paso. A partir de aquel momento,  experimentaría una vida más solitaria que antes. Lo mejor era hacer suya la idea cuanto antes, pensó. Se adelantaría a que tal decepción le cogiera desprevenida. Incluso se animó pensando que, al fin y al cabo, llegaría a saborear la soledad que estaba por suceder. La rúbrica del tiempo se encargó del resto. 
Y transcurrieron los años, como suele decirse.
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