Hace poco leí una biografía de Rimbaud escrita por el escritor norteamericano Edmund White (Lumen, 2010). Poco a poco mi curiosidad fue dejándose llevar hacia la vida tortuosa de Paul Verlaine, amante incondicional de Rimbaud quien le hizo literalmente la vida imposible. Verlaine pasó dos años en la cárcel por disparar a su amigo en la mano, después de que Rimbaud tuviera la sangre fría de denunciarlo por intento de asesinato. Pero la vida de este poeta simbolista desde su más tierna infancia ya estuvo marcada por el tormento. Se cuenta que Madame Verlaine, antes de traerlo al mundo, tuvo dos abortos espontáneos cuando los fetos ya estaban formados, y a la buena señora no se le ocurrió otra cosa que guardarlos en tarros transparentes llenos de alcohol que exhibía con graciosa naturalidad en el salón de su casa. Verlaine niño crecería en compañía de tales esperpentos.
Ya en París, matriculado en Derecho apenas acudía a las clases, Verlaine prefería pasar los días leyendo poesía y emborrachándose de absenta, que según la creencia de la época aumentaba la creatividad y la libido. Pronto el poeta dulce y sensible que todos conocían se convertiría en un alcohólico que padecía brotes continuados de cólera asesina. Sus amigos parnasianos, Berlioz, Wagner, Manet, Fantin-Latour, acostumbraban a esconder todos los cuchillos que hubiera a la vista ya que conocían de sobra las peligrosas crisis de Verlaine. Una noche irrumpió de madrugada en la casa familiar completamente ebrio, y exigió a su madre dinero para continuar bebiendo. Ante la negativa de ésta, Paul se lió a bastonazos rompiendo los tarros en mil añicos, desmembrando los fetos y esparciendo los pedazos por el suelo, mientras gritaba a su madre que tanto sus hermanos como él llevaban macerándose en alcohol demasiado tiempo.
Ni el tiempo, ni el amor cambiaron el carácter violento de Verlaine siempre al filo de la navaja. Eran frecuentes los maltratos que recibía su esposa, e incluso en una de aquellas acaloradas discusiones llegó a estampar a su hijo de seis meses contra una de las paredes de la casa que compartía con sus suegros.
En los dos años que pasó en la cárcel, el poeta fue sometido a un humillante reconocimiento en el que los galenos encontraron razones más que sjustificadas para que su mujer solicitara el divorcio. La prueba definitiva fue su sumisa dependencia del joven Rimbaud. Durante esa azarosa reclusión, el autor de Sabiduría abrazaría el catolicismo como un acto de renovación, pero todo su esfuerzo por cambiar se tornó en un esfuerzo vano.
Claro que obligado a vivir desde su más tierna infancia con la “Familia Monster”, lo extraño hubiera sido que el chico fuera normal… ¡Pobre Verlaine! Tanta pasión concentrada al menos, egoístas que somos, nos regaló hermosos versos.

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