“Escribe o revienta” y Alexandre Diego Gary creo que hace las dos cosas en su primera novela. Desde el principio los versos de René Char caen sobre el libro como una advertencia: “las palabras que van a surgir saben de nosotros cosas que nosotros ignoramos de ellas”. A. D. Gary escribe sobre el “peso en el alma” con el que carga desde hace 50 años, pero también revienta en un grito desgarrado. El hijo de la actriz con cara de ángel, Jean Seberg, y el escritor de origen ruso, dos veces premio Concourt, Romain Gary, suelta lastre en S. o la esperanza de vida (Ed. Galaxia Gutemberg, 2010) porque, como se lee en Tres Tristes Tigres hay un momento en el que se produce un quiebro en el que “ya no se puede más” y no queda esperanza. Alguien escribió una vez que la esperanza es una palabra con la que nos auto-engañamos para continuar. Quiero pensar que le falta razón, aunque es cierto que la vida para algunos como para el protagonista es un infierno. Y en ese caos tiene que flotar y salir a la superficie como sea. El fardo de la celebridad de sus padres, el tempo precipitado de unas vidas entregadas a una profesión y a la pérdida de uno mismo, le han dejado al único hijo una herencia difícil de llevar. En esa infancia y juventud huérfana su existencia se hace añicos. La felicidad se ha congelado en una fotografía. Un trozo de papel donde quedó prisionero el instante, el único, en el que Roman Gary y Jean Seberg se amaban. Esa es la fotografía que Alexandre Diego Gary guarda en su memoria, en su castillo de cristal.
Luego vino el infierno, un padre obsesionado con su obra literaria y una madre vulnerable, enferma, rodeada de amistades que hicieron leña del árbol caído. Más tarde el suicidio de ambos con 16 meses de diferencia. Demasiado tormento. El autor escribe y revienta en palabras esas heridas que cicatrizaron en falso. “Mi existencia se parece a una sucesión de palabras tachadas hasta sangrar, rayadas hasta la médula. Tanto, que el papel donde las extiendo, sobre el que yacen, ya está rasgado y agujereado. Forman un montoncito, un bucle de signos cerrados tras la alambrada de tinta que los oscurece hasta borrarlos, o casi. A todas esas palabras nulas y sin valor, que no piensan, que no quieren decir nada, las imagino enredadas en torno a mí.”

 

Y en este trayecto de regreso a lo que fue su mundo hay otros nombres que saltan en su memoria como metralla. Nombres de amigos que murieron como J.F., de su niñera española, E.; de otras mujeres que lo amaron y a las que él quiso. Mujeres angelicales o prostitutas, dispuestas a ofrecerle un abrazo. Siempre a la deriva, arrastrado por las corrientes que precipitan al solitario a la profundidad de la noche y al ahogo en alcohol. Siempre huérfano, en cualquier circunstancia huérfano. Esta novela es un alarido sin florituras. Alexandre Diego es S. “Este libro de Silencio, S., este relato zigzagueante, resbaloso, derrapante, mareante. S., de suicida, evidentemente. S. de mi nombre, mi propia persona lo que queda de ella reducida a su mínima expresión.”

 

Pero también S., de Salto a la ficción donde Alexandre Diego Gary vence al pudor y hace su escritura púbica y pública. El sexo, refugio íntimo. El dolor, despojado de toda tentación de exhibicionismo. “Lonesome, lonesome, lonesome”.
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